jueves, 14 de octubre de 2010

SINCERIDAD VOMITIVA.

¡Dios!
Que sinceros que son algunos. Esos blancos son demasiado sinceros. ¿Cómo se puede vivir en un mundo en el que todo el mundo dice lo que piensa, sin adornar, sin atildar ni siquiera? No se puede ser tan sincero. A veces tanta sinceridad roza la crueldad.

Los blancos te lo dicen todo. No como nosotros, que nos callamos para luego criticar. Los blancos no son nada hipócritas. Un blanco, cuando no te quiere ver, te lo dice. Si no le apetece quedar contigo, también. Si no le gusta tu comida, te lo dice; Igual si hueles mal, o si no te soporta o le caes mal. Lo dicen todo, sin pararse a pensar o meterse en la piel de los de quienes y a quienes están hablando. Y bajo el lema de “si no lo digo reviento”, como si de un "Cogito ergo sum" se tratase, lo echan todo hacia fuera, vomitando sinceridad.

Te dicen: “No sé porque me lo explicas. No me interesa.” con la misma tranquilidad que si te estuviera hablando del tiempo. Te dice “Oye, ¿porque no te callas? con la misma indolencia que si te hubiera dicho “quédate a comer”. Dicen “Es que quiero que te vayas” con aplomo y con imperturbabilidad.
Ya lo decían los Dahoméenses: “Los blancos son demasiado sinceros.”
Hay que decir las verdades. Cierto, pero hay que saber como decirlas y más si la persona en frente nos importa.

La sinceridad es franqueza, es confianza, es honradez, es veracidad y es lealtad, pero también tendría que ser nobleza, educación, amor e empatía. La sinceridad es un valor. Y forma parte de los míos, de los que desde pequeña me han inculcado a hachazos y a tortas limpias. Porque como decían los mayores, con gravedad en la voz e ojos flameantes: “Lo que no aprendes con la calma, te lo voy a enseñar con las lágrimas”. Y yo siempre intento ser sincera, diciendo la verdad, pero cuidando de los sentimientos de los que me rodean; Tal como me lo enseñaron en mis clases de “Escuela de la vida” cuando los profesores nos decían que más que la sinceridad, lo que importaba eran los sentimientos de la persona que teníamos delante. Pero aquí, la gente peca de cinismo y de asperidad, confundiendolos con la sinceridad y su verdad ya tiene más bien forma de burla y de crítica. Eso no es sinceridad. Esto ya no es sinceridad. Decirle a alguien “Eres muy pesado, tío” no es sinceridad, por mucha verdad que sea. Decirle a alguien: “Es que o me apetece verte” o “No, no vengas” o “esto que haces es inútil” sin previo aviso, es cruel.

Ya decía Poncela que: “La sinceridad es el pasaporte de la mala educación.” Y es verdad. La gente se echa tras la sinceridad para faltar al respeto a los demás, para echarles una descarnada, dolorosa y dura verdad. Donde hay buena fe, no tiene que haber dolor.

Es verdad que no hay que engañar, ni mentir pero a veces hay que ahorrar un poco de verdad, siempre y cuando la vida de nadie o la confianza de nadie este en juego. No pasa nada por ahorrar un poco de verdad cruda a alguien. Las cosas se pueden decir de otra manera.
Con la excusa de ser francos, los blancos se despachan a gusto entre ellos. Se lo echan, como una bofetada a doble palma abierta, en toda la cara. Y a parte, el otro, el receptor, se queda con una sonrisa, como si no hubiera pasado nada. ¡Maligno Vudú de la inopia! Yo no me quedaría lisa si alguien me dice: “¡Ay, tía! cállate ya. Siempre estas hablando de lo mismo”.
En el Dahomey, esta sinceridad cruda no existe. La sinceridad cruda viene seguida de una merecida torta bien dada y de una generosa enemistad de generaciones en generaciones. Somos demasiado físicos, ya lo sé. Y no lo excuso, pero no sirve de nada ser mental cuando hay gente cruel. Entre los negros, toda la sociedad te para los pies, si se nota en tu verbo, sinceridad vomitiva.


Muchos dirán: "No hay que mentir. Siempre hay que decir la verdad..."
Sí, mucha sinceridad pero después, te dicen con una sonrisita “Pero que delgada estás” “Esto te sienta genial” “Estás ideal, no pareces tu edad...”, cuando no lo piensan. Esto si es falsedad e hipocrisía. Bien que están concienciados sobre como no decir a la gente que es fea de remate para no provocarles traumas, ahorrando la verdad.
Esto es el mundo al revés, porque nosotros, sí que decimos si alguien es feo o no, o si le queda fatal su pelo, o si físicamente, no está bien.

Maurois dijo “Ser sincero no es decir todo lo que se piensa, sino no decir nunca lo contrario de lo que se piensa.” Se pueden decir las verdades sin herir a los demás. Hay que buscar buenas formas de decir las cosas, porque las verdades a veces duelen.
Parte de “Escuela de la vida”

http://yaivi.blogspot.com/

5 comentarios:

carfita dijo...

amore!!!! m'encanten les teves reflexions...si eske akests blancs son rarets rarets jajajaj

Anónimo dijo...

Em sembla que tindré que llegir més a Dahomey i menys Prozac! jejej
Però reconcec q m'he snetit indentificada...esperoue el fred em canvï una mica! i sigui més càlida!

Un petonet bonica!
Martuky

Miércoles dijo...

Es que una cosa es la sinceridad y otra la grosería o la falta de tacto. No siempre fue así. Quizá tanto comunicarnos por ordenador, móvil, etc (y no cara a cara) nos haga más torpes a la hora de hablar. Eso, y ciertos programas de la tele...

Anónimo dijo...

Pues los africanos en vez de decirte q no pueden quedar contigo, directamente te dejan plantado, el dar plantón es su norma habitual de conducta, son así de considerados.

IvanBalt dijo...

Cuanta razon tienes con eso de la "asperidad" muxa gente se escuda en la sinceridad para hacer daño para lastimar al otro con toda la intencion de hacerlo y nadie pide mentir pero se pueden decir las cosas con buenas intenciones no para hacer daño a los demas ....