lunes, 22 de febrero de 2010

LOS AFRICANOS NO VAN AL PSICÓLOGO.


¿Porque no hay psicólogos en África?
¿Y por qué abundan los psicólogos en Europa?

En el país de los caucásicos, cualquier motivo es bueno para ir al psicólogo. Sean traumas, miedos, rabias, impotencias, inseguridades…Cualquier sentimiento es una puerta hacía un proceso profesional de ayuda psicológica.
En África, también hay gente que tiene miedos, inseguridades, complejos… Entonces, ¿Por qué no vamos al psicólogo?
Yo, nunca he ido a un psicólogo. Me encantaría ir aunque sólo sea para ver de qué va, y para entender porque todos los blancos van. Bueno… y también para explicarlo a mis amigos de allí, para que puedan decir: “¡Ay!Cómo son esos blancos...”
No sé exactamente en qué consiste la función de un psicólogo, pero supongo que se basa en una cosa muy importante que es “escuchar”.

Escuchar.
1. tr. Prestar atención a lo que se oye.
2. tr. Dar oídos, atender a un aviso, consejo o sugerencia.
3. intr..
4. prnl.

Cumpliendo la primera y la segunda función de “escuchar”, el psicólogo como buen profesional, juzga el estado del paciente y le ayuda a encontrar el camino hacia su felicidad personal… Ya sé que el trabajo de un psicólogo consiste en mucho más, pero seguramente, como buena africana intuitiva, ando cerca.

Cuando llegué a Europa, me extrañó mucho que esto sea un trabajo, cuando en nuestras tierras, esa función de escuchar y ayudar, la cumplen los amigos. Entonces pensé que en África, los psicólogos son los amigos. Y hice la regla de tres, basandome también en el individualismo general europeo, para llegar a mi conclusión: ¿Será que los blancos van al psicólogo porque no tienen amigos? ¿Y los que tienen amigos no encuentran en ellos, el apoyo necesario para salir de sus infiernos?

En las tierras del Dahomey, y en los países de alrededor, los amigos, psicólogos de la calle, profesionales curtidos con vivencias diarias, expertos en solucionar problemas ajenos, escuchan y opinan. Para nosotros, los africanos, todos psicólogos amateurs, la curiosidad es un deber nacional. El “entremeterte” en la vida del vecino es tu derecho básico. Y es un placer escuchar las alegrías, pero también los problemas, las mierdas, el aburrido día a día de los demás. Y que gusto cuando uno empieza a explicar y poco a poco se va formando un coro de psicólogos diletantes, algunos conocidos, otros, amigos que escuchan atentamente, hacen preguntas para entender mejor la situación y para poder emitir su juicio. Que tranquilidad da escuchar: “Yo si fuera tú, no dudaría ni un instante a…” “Yo, te aconsejo que vayas directamente a…” “¡Así se habla! Tu vales mucho más…” “¿Y si haces tal…?” “Ni yo lo diría mejor…” “¿Por qué no intentas…?” “Pero si tú eres una persona fantástica…” "Rectificar es de sabios..."
Una asamblea de sabios, que te aconseja sobre lo que podrías hacer para aliviar la carga de tus inquietudes y de tus intranquilidades. Te dicen lo que en su opinión convendría hacer y sobre todo te instan a ir explicandoles la evolución de la situación, ya que no podrían dormir tranquilos sabiendo que tú no estás del todo bien.
Y cuando ya te has liberado, te vas ligero, lleno de confianza, a seguir aquellos consejos que te acaban de dar, gente que te ha escuchado de verdad, amigos que se mojan por ti, porque saben que tú lo harías por ellos. Te vas aliviado porque sientes que no estás sólo.

En Europa, “escuchar” estorba un poco. Incluso hay gente que dice: “¿Qué rollo me estás soltando no?”. Yo flipé cuando oí por primera vez la frase “discúlpame por meterte un rollo...”. Se me quedaron los ojos como platos cuando una vez también oí: “No sé porque me estás explicando esto…”. Incluso hay gente que cambia drásticamente de tema cuando le acabas de explicar una cosa que te preocupa. ¿Por qué tiene que saber mal explicar tus malestares a tus amigos? ¿Acaso no están allá para esto? ¿Cuál es el deber de un amigo?. Esos blancos, se abrazan mucho, todo el día de besitos, pero no se escuchan.

Y cuando ya tienes la suerte de encontrar a alguien que te escuche, pues vienen las típicas frases que nosotros catalogamos como “frases de blancos”: “tú tienes que hacer lo que creas…” “Yo no soy quien para opinar…” “Es que no sé que decirte…” “haz lo que te diga tu corazón…”… ¡Y yo que sé lo que me dice mi corazón! Ojala supiera qué es lo que tengo que hacer.
Los blancos y los que viven en los países de los blancos se quedan entonces con sus problemas y se les van enquistando y mutando en traumas y miedos, y inseguridades. Si nadie te escucha, y si nadie sabe de tus problemas, te los comes tú solito y acabas explotando.

Si un amigo te plantea un problema es para que le ayudes a encontrar una solución. La gente tiene miedo a dar soluciones, a mojarse o a opinar, para lavarse las manos por si luego algo sale mal, para no tener ninguna responsabilidad. ¡Cobardes! Es que la amistad también es una responsabilidad, es compartir, es ayudar, es escuchar, es aliviar al otro de un peso emocional. La amistad es saber que palabras decir para que tu amigo vuelva a sonreír, es ayudarle a ver las cosas desde otra perspectiva. La amistad es quedarse hasta las tantas buscando soluciones…

No tengamos miedo a decir a nuestros amigos lo que creemos que puedan hacer, darles un abanico de soluciones y que ellos miren la que les vaya mejor. Es que desde fuera, siempre es más fácil ver la solución a un problema. Desde fuera es mucho más fácil ayudar. Es muy importante “escuchar” y más importante aún emitir un juicio o lo que se dice vulgarmente “mojarse”.

Tener amigos que escuchan ayuda a no tener tantos traumas. Tener amigos que escuchan ayuda a aliviarnos y a desfogarnos. Tener amigos que se mojan, ayuda a respirar tranquilamente.

Los africanos no van al psicólogo.

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lunes, 15 de febrero de 2010

NO ES LO MÁS IMPORTANTE...


Tengo muchos amigos. Unos cuantos saben los pequeños detalles de mi vida y otros, pues, me encanta quedar con ellos para compartir momentos de alegría.
Tengo una buena amiga. Una persona con quien, a parte de compartir los pequeños detalles de mi vida y de la suya, pues también quedamos para compartir momentos agradables.
En aquella época, mi amiga, me hablaba mucho de su “amigo del momento”.
Por “amigo del momento” se ha de entender aquel amigo con quien de repente, empiezas a quedar mucho durante un corto periodo de tiempo y del que después, no sabes nada. Eso sólo pasa aquí en Europa.
El chico se llamaba Samer. Un bonito nombre, con connotaciones dulces y soleadas. Samer…
Pues Samer de repente se me hizo familiar y habitual. Samer por aquí, Samer por allá. Samer ha dicho esto, Samer ha dicho aquello. Samer ha hecho esto, Samer ha hecho esto otro. Samer, Samer, Samer…Samer es guapo, Samer es genial, Samer es ideal…

Yo ya sabía todo de Samer. Que era un chico muy interesante, que era un encanto de persona, sabía as cosas que le gustaban, su corte de pelo… ¡hasta me sabía su número de pie!
A mi no me molestaba en absoluto que me explicara todo de Samer. Me resultaba habitual y incluso placentero oír hablar de él. Después de todo, los amigos de mis amigos también son mis amigos. Y ya sólo me quedaba conocerle. Y Samer fiel a la regla de “+ x + = +” también me quería conocer.
Concertamos un encuentro, y quedamos.

Cuando le vi, me quede de cuadros… Samer era negro.

A parte de cumplir todos los requisitos y características que me había anticipado mi amiga, Samer era negro. A parte de ser ideal, súper simpático y genial, pues era negro.
Me quedé reflexionando unos días y al final le comenté a mi amiga, que me había quedado sorprendida porque me había dicho todo de Samer menos que era negro. No entendía como sabía que Samer hacia tal o cual, como podía saber hasta su número de pie y no saber que era negro. Ella me miró, con esa sencillez que caracteriza a las blancas guapas, y me dijo: “Es que para mi no era lo más importante de él…”

Para ella, lo más importante era aquello que era Samer. No sólo era negro, sino que también simpático, genial, muy buen chico y mucho más. Y me acordé de la película “Adivina quien viene a cenar esta noche” en la que Joanna no le dijo a sus padres que John, con quien se iba a casar, era negro. Porque para ella, tampoco era lo más importante.

Conozco mucha gente que siempre me ha dicho: “Tengo un amigo como tú” “Conozco una chica “así” como tú.”… queriendo decir que conocen a negros. Una cosa que siempre me ha parecido una simpleza. La gente al ver un chino o un africano o un sudamericano, pues siente la irreprimible, incontenible y irrefrenable necesidad de sacar a relucir algún amigo o algún conocido suyo que es o chino o sudamericano o africano… sin motivo alguno.
Lo que importa entre amigos no es la característica racial, ni la procedencia étnica. Pero supongo que esto ya lo debemos de saber todos.

Mi amiga tenía toda la razón. No me veía ni a mi ni a Samer como amigos negros, sino simplemente como amigos.
Pero yo, como buena cotilla, me quede con la duda de saber que había pensado Samer al ver que yo también era negra.

¡Qué cosas!

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viernes, 12 de febrero de 2010

EL PELO DE LOS BLANCOS


Me encanta el pelo de los blancos. Un pelo sedoso y suave que se deja mecer por le viento. A veces ondula por delante de la cara, a veces se eleva en graciosos y voluptuosos movimientos hacia atrás. Un pelo perfecto. Un pelo ideal.
Si yo lo tuviera, sería tan feliz. Me lo cortaría, me lo teñiría de todos los colores imaginables, lo tendría largo, corto, a lo Alice Dellal, a lo “garçonne”, me lo escalaría de mil maneras. Si yo tuviera el pelo de los blancos, haría barbaridades: me cambiaría de look todas las semanas; Me combinaría el pelo con mi vestuario, con mis complementos, con mi humor; Seguiría todos los estilos en “Vogue” e imitaría a las grandes estrellas. ¡Ay! Si tuviera yo el pelo de los blancos…

Mi pelo es negro y sólo puede ser negro ya que cualquier otro color me hace parecer un extraterrestre. Es rizado, muy rizado y encrespado a más no poder. Es tan duro y tan enmarañado que cada vez que veo una de esas esponjas metálicas de “Scotch Brite”, pienso en mi pelo. Mi pelo repele el agua, quiero decir que nunca tiene aquel maravilloso efecto mojado.
Es el típico “pelo rancio” ya que causa dolor agudo si lo peinas después de lavar, no admite cambias de tamaño, porque casi no crece. A mi pelo, le resbalan las cremas suavizante y los champúes. No hay nada que pueda domarlo o suavizarlo o dormirlo o engañarlo. Un pelo, kamikaze, que rompe las gomas, los peines, y todo lo que se le cruza por delante. No hay crema que le valga y cualquier intento resulta un fracaso y una perdida de tiempo y de dinero.
Un pelo con el que no puede ni el alisado japonés, no puede ser que Júpiter nos lo haya dado para nuestro bien.

Cualquier blanco diría “¿Porque no te lo dejas suelto?”. Pues porque mi pelo no tiene gravedad y se queda congelado. Y en lugar de quedar como el maravilloso pelo afro de los anuncios, aquel con suaves rizos brillantes que dan ganas de dejar de ser negra para ser mestiza, acaba pareciéndose a lo que se llama en Europa “Pelo de rata” o en África “Pelo de cabra”. Todas las mujeres africanas no podemos estar equivocadas. Si no nos dejamos el pelo suelto, por algo será.
Otros graciosos dirán: “¡Pues córtatelo!”. Ya lo sé. Pero es que cada uno tiene sus globos cefálicos. No todos gozamos de una cabeza pequeña, redonda, bonita y preciosa. Yo ya me corté el pelo una vez, y no ligué durante más de una década.

Aquí en Europa, en las parejas interraciales, los chicos blancos siempre les recomiendan a sus novias que dejen de estresarse por el pelo y que se lo dejen suelto. En las parejas africanas, los hombres regalan bonos de peluquería para que sus novias se trencen.

Mi pelo es un rollo.
Es verdad que puedo hacer trenzas, rastas, buñuelitos, trenzas pegadas y mil variedades más, pero esto, es un lujo aquí en Europa. El hecho de trenzarnos es una solución coja, porque antes de hacerlo hay que estirar el pelo y así se daña. A parte de que duele en la misma línea que parir, al final el pelo acaba cayendo de tantas trenzas y acabamos medio calvas. Así estoy…
Este pelo que tengo me hace ver todo de color negro y me hace fantasear con tijeras cada vez que veo una chica blanca con un largo moño moviéndose al ritmo de sus pasos.
Ya me gustaría a mí también mover mi pelo a ritmo de Loreal y gritar el tan codiciado “¡Porque yo lo valgo!”. Ya me gustaría deslizar mi peine, suavemente, dócilmente a ritmo de Pantene. Ya me gustaría lavarme el pelo a ritmo de orgasmos con Herbal Essences. ¡Y tanto que me encantaría!
No sé como no nos hundimos en una profunda depresión, los que tenemos este pelo. Y diréis: “¡Ala! Que exagerada”. Pues vengan y prueben ustedes.

Mi pelo sólo es guay en África. Porque vivir en el país de los blancos, con el pelo de negra, es lo peor.

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miércoles, 10 de febrero de 2010

NGOR, LA RUTA DEL CAYUCO II

La historia de Ngor, se quedó justo cuando acababan de ver como se volcaron los dos cayucos que iban con ellos…
Ngor, la ruta del cayuco I

En el barco de Ngor, empezaron a pelearse por si había que ayudar a los que se estaban muriendo o no. Unos decían que había que ayudar, pero otros sabían el peligro que esto suponía.
- ¿Los ayudaste?
Ngor niega con la cabeza.
- No...Con todo el dolor de mi alma, no. Porque nuestro cayuco estaba tan lleno que uno más, y nos hundíamos. No podíamos. Y algunos chicos del barco tampoco querían porque sabían que nos hundiríamos.
- ¿Cuánta presión no?
- Sí… llevábamos una noche y un día sin agua, sin comida y todos pensábamos que seríamos los próximos en morir. Y tenía que estar muy atento porque si nos llegáramos a perder, seguro que no sobreviviríamos. A parte que nuestro cayuco no paraba de moverse y de llenarse de agua.
- ¿Qué fue lo más horroroso?
- Los lamentos y los gritos de la gente. Nos suplicaban. Decían que tenían hijos, familia. Gente que no quería morir. Yo estaba desesperado… Me sentí tan impotente...

Ngor dejó atrás a las cabezas negras flotando, entre gritos ahogados por las olas y el ruido de un viejo motor en las luces del amanecer. Se le encogió el corazón de pensar que había niños, mujeres…
En el cayuco, había un poco de caos. Unos lloraban. Otros gritaban. Otros querían volver a su casa. Los que vaciaban seguían haciéndolo. Algunos se habían quedado en shock. Más de uno rezaba. Tenían miedo. Habían perdido amigos en los cayucos que se habían volcado, gente que habían saludado antes de embarcarse, gente que conocían, chicos fuertes, buenos, cuya única culpa era ser de un país pobre y querer ir en busca de un trabajo para una vida mejor. Algunos pensaban en la familia de aquellos que se habían muerto. Podían haber sido ellos. En el cayuco, muchos se pusieron a llorar. Hombres mayores, llorando como niños, sobrepasados por los acontecimientos. El mar seguía furioso y revoltoso. Y, con el semblante serio, intentando luchar contra las olas, Ngor, mojado, intentaba controlar la patera.
- ¿Por qué crees que tu cayuco no se hundió como los otros?
- Porque iba dirigiéndome recto, frente a las olas. Creo que si hubiera dado cualquier giro, nos hubiéramos hundido. También tenía claro que tenía que mantener la cabeza fría y no perder los nervios. Todos dependían de mí. Yo estaba cansado. Les dije que no se peleasen, que dejasen de gritar, y que no parasen de vaciar el cayuco. No me podía creer lo que acabábamos de vivir… Esto es muy fuerte.

Cuando amaneció del todo, el mar se calmó. Todas las caras eran de consternación. Todos sabían a lo que se exponían pero ninguno de ellos estaba preparado para esto, para vivir una experiencia tan horrorosa. No valía la pena cuando tan solo era una lotería. Cuando tampoco sabían si se podrían quedar en el país de los blancos.
Cuando divisaron las costas de Marruecos, el viejo motor empezó a toser. Era de noche. Ngor prohibió encender cualquier cosa en el barco. La policía “costera” de Marruecos les podría ver desde lejos. Pero el motor no paraba de hacer ruido, mucho ruido en la tranquilidad de la noche. Ngor se quitó su chaqueta y la envolvió alrededor del motor para que ahogar el ruido. Todos silencios, como los ladrones, sólo respiraron de alivio, cuando dejaron atrás la costa de Marruecos.
El mar estaba plateado, con una luna enorme haciendo juegos con sus reflejos en el agua. Ngor se preguntó como puede el mar, contener tanta belleza, después de las atrocidades que les acababa de hacer pasar.

Ngor dio el aviso. Ya estaban llegando a las costas de Tenerife. Los que llevaban pasaporte lo tenían que tirar en el mar, así, cuando les pillara la policía, no les podría deportar. Si no eres de ningún sitio, no te pueden deportar. Eso es lo que les habían dicho antes de embarcar.

Ngor se giró a mirar aquellos que habían subido a su barco. Estaban deshidratados, famélicos e insolados, apagados, empapados y cansados, agotados y destrozados, después de las intemperies y de tantos días en el mar, durmiendo sentados y después de la pesadilla, de la angustia y del temor que acababan de vivir. Una tragedia. Una desgracia. Recuerdos que les seguirían toda su vida. Todos con los ojos hinchados de llorar. Daban pena.
Pero Ngor no se había mirado a sí mismo, el joven capitán de 24 años. No se dio cuenta de que él también había llorado…
- ¿A qué hora llegasteis?
- A les 13:35. - ¿Qué pasó?
- Estaba la policía "costera". Nos estaban esperando porque ya nos habían visto.

La policía "costera" les llevó a un centro donde habían otros inmigrantes subsaharianos, todos con cara de circunstancias. Otros que a lo mejor habían vivido lo mismo que ellos. Otros que eran negros; Otros que eran pobres.
- ¿Y después que ocurrió?
- Nos preguntaron si teníamos algún contacto o familiares en España. Los que no tenían a nadie fueron deportados.
- ¿Y los que teníais familia?
- Otros, como yo, tuvimos que llamar aquel contacto o aquel familiar para certificarlo y para mostrar que era verdad. Después nos dieron 40 euros y estuvimos una noche en una habitación de una pensión para que nos vinieran a buscar.
- ¿Cuántos os quedasteis?
- 40
- ¿Tienes algún contacto con alguno de tus antiguos compañeros de cayuco?
- Sí. Un chico que ahora vive en Alemania.
- ¿Europa ha cumplido tus expectativas?
- No. Nada, nada.
- ¿Qué le dirías a alguien a punto de coger un cayuco?
- Que no vale la pena. Y que estamos mejor en África que aquí. Es que la realidad de Europa es distinta a lo que pensamos. No es tanto como para hacer un viaje en esas condiciones. Si alguien tiene que venir, que lo haga de un modo más seguro.
- ¿Volverías a Senegal?
- No.
- ¿Qué raro no? Dices que no ha cumplido tus expectativas. Le aconsejarías a otro que no viniera, pero tú no quieres volver…
- Es que después de todo, no quiero que mi esfuerzo sea en vano. Después de todo lo que he sacrificado, no quiero volver a la casilla del principio, con las manos vacías. De volver atrás, ese viaje es un paso que no daría. Pero ya lo he dado y ahora no puedo volver atrás, porque tampoco he conseguido nada. Volveré algún día, cuando tenga una situación mejor, pero ahora no.
- ¿Te parecen raros los blancos?
- Un poco. Van cada uno a la suya. No hablan mucho... pero bueno, hay gente rara en todos los países.
- ¿Volverías a hacer este viaje para un sueño?
- Jamás.
- ¿Cómo definirías tu viaje?
- Pues, como un viaje de dos cojones y medio.
- ¿Eres feliz?
- Si. Tengo suerte. Tengo un trabajo que no me gusta, por las condiciones, pero me da lo justo para vivir. Tengo una habitación en un piso de una hermana de mi familia, la que me vino a buscar. Tengo comida cada día. Estoy vivo. ¿Hay más suerte que eso?
- Ni que lo digas Ngor.

Y Ngor sonríe, con sus dientes blancos. Su mirada no deja de ser un poco triste. Sé que lleva con él el recuerdo de todas esas cabezas negras flotando en el mar, y el de esos gritos que aún le perseguirán durante mucho tiempo. Pobre.

Ngor es mi amigo.

"Gracias a Marie Coulibaly, por ayudarme a rellenar los vacíos lingüísticos en la historia de Ngor."

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miércoles, 3 de febrero de 2010

NGOR, LA RUTA DEL CAYUCO I


Ngor es negro. Ngor es Senegalés.
Nació, el 16 de Noviembre de 1982, en Fatick, un pequeño pueblo árido del oeste de Senegal. La nómada vida de Ngor le llevó por Dakar, Casamance, Maruecos...Estuvo en Sierra Leona y Liberia, pescando, a pesar de la guerra y de los disturbios que había en ambos países. Como buen polivalente, Ngor fue albañil, pescador, ayudante, chico para todo... Su vida no es más que la de los otros chicos de su edad, chicos de familias pobres cuya única ambición es tener una vida mejor. Ellos saben las penurias que pasan.
Ngor vive en Barcelona desde finales de 2006. No tiene papeles y trabaja como recolector en un campo de cultivos. Sus manos son ásperas, duras y llenas de callos. Las mira, me mira, y sonríe. No aparenta su edad, parece más mayor. Recordando su pasado, le asediaron varios sentimientos. Supongo que se da cuenta de que en él, ya no queda nada de aquel jovencito que perseguía sueños, y que tenía la fuerza y la seguridad necesaria para cambiar su vida.
- ¿Cómo te llamas?
- Ngor Diouf.
- ¿Por qué has venido a Europa?
- Para trabajar y ganar un poco de dinero.
- ¿Cómo viniste?
- En cayuco...

Ngor acababa de desembarcar en Casamance, al suroeste de Senegal, viniendo de Liberia, cuando un amigo le propuso ser capitán de uno de los cayucos con destino a España. Él era pescador. Tenía experiencia con los barcos y había estado en mar durante mucho tiempo.
- ¿Por qué lo aceptaste?
- Porque vi en ello una oportunidad... Yo podía entonces ir a Europa, y no tenía que pagar nada. Al contrario, me pagaban a mí una suma de 200.000 francos CFA, sólo por llevar el barco...

Este dinera era aproximadamente 300 euros. Como única condición, Ngor dijo que no quería ni mujeres, ni niños a borde de su cayuco.
- ¿Por qué?
- Porque yo ya sabía por mi propia experiencia que el mar puede resultar muy duro. La travesía era larga y los cayucos no reúnen ninguna condición básica como para que un niño este allí. Ni el niño, ni su madre. Es muy peligroso.
El viaje empezó con incertidumbre. No sabían como acabaría. En el cayuco, llevaban comida, agua, gasolina... A bordo de todos los cayucos, estaba prohibido llevar cartas y juegos de azar. Según las costumbres, daban mala suerte y estaba muy mal visto.
- ¿Cuántos erais?
- 120 personas.

Zarparon tres cayucos. El de en medio, capitaneado por Ngor. El viaje costaba entre 100.000 y 600.000 francos CFA. Un total de más de 360 personas que no tenían, unos, medios para conseguir un visado y otros, dinero, para comprarse un billete de avión. Ese viaje era una solución a su pobreza y un sueño de una Europa luminosa, con blancos, trabajo, comodidad, bienestar y dinero...
La ruta del cayuco era Casamance - Dakar - Mauritania - Marruecos - Tenerife.
- ¿Qué dejaste en África?
- Mi madre...
- ¿Piensas mucho en ella?
- Si. Mucho... En ella, en mis amigos y también mis hermanos...
- ¿Qué se hace todo el día en un cayuco? ¿Qué hacíais?
- Nada. Yo llevaba el barco, otros cantaban o rezaban para que los dioses nos ayudasen a lo largo del viaje. Explican historias. Algunos no decían nada. No hacíamos nada más.
Todos sabían en que condiciones llegaban a Europa, los que habían cogido un cayuco. Sabían que era "llegar o morir". Todos sabían las espeluznantes historias de familias cuyos hijos habían muerto en el mar; familias en la que habían muerto el padre y el hijo porque el hijo cogió un cayuco y el padre, al enterrarse, se fue a buscarle de vuelta con otro cayuco. A parte, los blancos devolvían a los que llegaban. Muy pocos conseguían su meta. Estaban todos llenos de aprensión.
- ¿Y sabiendo a lo que se enfrentabais, os embarcasteis?
- Si. Es que cuando rozas según que nivel de pobreza, te da igual los riesgos y te da igual poner tu vida en peligro. Sabes que puedes suspender, pero es que a lo mejor, apruebas…



El viaje, pronto, se convirtió en un calvario. El mar estaba agitado, el frío nocturno era insoportable y la aprensión dejó paso a la inquietud. Se notaban los ánimos caldeados, tensos. Ngor recuerda un momento de pánico en el que tres pasajeros se enzarzaron en una pelea regional. Él se tuvo que liar a puños con ellos para calmarlos. El barco estaba lleno hasta arriba, demasiado lleno, saturado. Y si se movían mucho, se podía volcar.

Ngor dormía treinta minutos al día. Nadie más sabía llevar un barco. Cuando dormía, otro chico se encargaba de llevar el cayuco con la única indicación de ir todo recto. Los días de viaje fueron muy abrasadores. Las noches, frías y duras. Había largos silencios porque en realidad estaban inquietos, preocupados y no sabían si habían hecho bien de emprender ese viaje tan arriesgado y lo que les esperaba. Ahora era cuando se lo planteaban. El viaje estaba siendo muy duro. Caras largas y pensativas, con las horas que se iban desgranando minuto a minuto y con los días que iban pasando lentamente.
- ¿Cuánto tiempo duró el viaje?
- 12 días.
Al día 10, se quedaron sin agua y casi ya no quedaba gasolina. Además, ya llevaban varios días sin uno de los motores, y hacía tiempo que se había acabado la comida. Los tres cayucos iban uno tras el otro. Llovía. Una tormenta con mucho viento y el mar estaba más agitado que nunca. Las olas se les venían encima, una y otra vez; el mar estaba revuelto. Ngor empapado, cansado, intentaba seguir, luchando contra las olas.
A las 5 de la mañana del día 11, oyeron gritos… El cayuco de detrás de ellos había naufragado.

Ngor cierra los ojos, aprieta los parpados y se golpea la cabeza con la palma de la mano. No quiere volver a recordar los lamentos de los que se hundían, los gritos de los que no podían más, de los que imploraban y suplicaban ayuda; los lamentos de los que gritaban los nombres de sus seres queridos porque sabían que se iban a morir, un hacinamiento de cabezas negras en el agua, en la oscuridad de la noche.
Todo era un caos. La gente iba desapareciendo de la superficie. Ellos no se podían creer lo que estaban viendo. Un horror sin sangre. Oían gritos y no sabían de donde provenían. Se oían llantos por todas partes. El cayuco de Ngor se alejó del resto de los más de 120 cuerpos que intentaban luchar para sobrevivir. Las olas iban y venían, en ráfagas, más agresivas que nunca. Su cayuco se estaba llenando de agua. Algunos se encargaban de vaciarlo a medida que se iba llenando, sin descanso. Y los gritos seguían desde lejos. Había gente por todas partes. Aquí, allá, gente llorando y pidiendo auxilio. Y el cayuco seguía llenándose por las olas...

Y a les 6:30, antes de que pudiesen asimilar lo que estaba ocurriendo, el cayuco de delante se volcó.

Ngor junta los dedos y se coge la cabeza. Me puedo imaginar los horrorosos recuerdos que le pasan por la cabeza.
La gente estaba dispersada en el mar. Mucha gente, muchos cuerpos en el agua. Algunos ya estaban muertos, otros gritaban en las primeras horas de la mañana. Había gente a diestro y siniestro. Los que sabían nadar aguataban, pero el agua estaba muy fría. El mar bullía. A lo lejos, girarán como girasen la cabeza, veían cuerpos, cabezas negras flotando en el agua. Un centenar de personas esparcidas, dispersadas en el mar, a horas de la madrugada, gritando y suplicado socorro porque no querían morir. El agua llevaba los cuerpos flotando, muertos, a la deriva. Oían voces de mujeres llorando gritando el nombre de sus hijos... Un embarullamiento, en el que se oían voces de niños y de gente que, gritando y llorando, se llamaban unos a otros... Algunos cuerpos pataleaban violentamente en un intento de nadar, cuerpos que acabarían dejándose morir...
En el barco de Ngor, empezaron a pelearse por si había que ayudar a los que se estaban muriendo o no. Unos decían que había que ayudar, pero otros sabían el peligro que esto suponía.
- ¿Los ayudaste?

... (A suivre)

NGOR, LA RUTA DEL CAYUCI II