lunes, 25 de octubre de 2010

ETERNA ADOPTADA.

Yo nunca he vivido con mis padres. No recuerdo nada de una vivencia con ellos.
Desde mi temprana edad, siempre he vivido en casa de los demás. Toda mi vida, he sido hija de los demás. Intentando mezclarme tan como he podido en familias de adopción. Intentando clonarme, mimetizarme en hijos de los demás. Y esto, a tales niveles tan perfectos, que muchas veces, a la gente desde fuera, le cuesta recordar que sólo soy una hija prestada y que mis padres en realidad no son mis padres.
He pasado tanto tiempo fuera de casa que siempre, llegase a la casa que llegara, muy rápidamente tal un camaleón, me adapto a todo y en un tiempo record. No sé ni como lo hago. No me traumatiza, ni me resulta difícil. Nada me asusta en vivir con padres o familias de los demás; familias que en realidad no son mías. Quizá porque sencillamente, soy una eterna adoptada.

Cuando digo adoptada, no hablo en el sentido estricto de la palabra, porque tengo padres y porque siempre he sido adoptada entre "cometas". Es que hay situaciones en la vida, en las que uno da vueltas de aquí allá, y de allá a más allá. He sido adoptada a veces por obligación de leyes familiares, y otras veces por elección y decisión. He sido prestada algunas veces porque era lo que toca y lo que había, e incluso otras veces, porque no había más elección.

Eterna adoptada, he pasado toda mi vida intentando ser la mejor hija posible para mis familias de adopción. Eterna adoptada, he pasado toda mi vida abrazando a madres de los demás, a padres de los demás, familias enteras que tome prestadas y ellos a cambio, a mí como hija…
Eterna adoptada, siempre he hecho todo para caer bien, usando toda la educación y todo lo aprendido a lo largo de todas mis estaciones. Eterna adoptada, dando siempre más que los serafines biológicos para recibir a veces menos gratitud y justiprecio. Después de todo, al amor prestado, siempre se le ve más desperfectos.
Eterna comida de coco de no saber nunca cuál es tu lugar, qué es lo que tienes que hacer, qué es lo que has hecho mal y no poder evitar haces comparaciones absurdas cuando ves que el agujero es muy grande.

Siempre he tomado prestada la familia de los demás, padres, hermanos, amigos, tíos, abuelos, barrio, costumbres, lugares, todo, de los demás. Intentando hacerles míos a niveles perfectos, para no sufrir la falta de lo que tendría que estar dentro de mí. He tomado prestadas cosas de lo más surrealistas. He tomado prestadas tantas cosas que al final, todo lo que tengo, lo tengo prestado. Y todo esto, aunque parezca indudable que sea mío, a veces me parece inestable, movedizo y tan prestado que se me acelera el corazón, porque me doy cuenta de que en realidad, no tengo nada.

He intentado hacer mías tantas cosas… Intentar hacer mío, que no robar aunque a veces algunos me han visto como un rapaz capaz de afanarlo todo o una hiena usurpadora que viene a hurtar. No saben que los sentimientos no se roban. Todo lo que se me ha dejado, ha sido por voluntad de los que me lo dejaron. Y si me adapto es porque soy una nómada, una acreedora de sentimientos.


Eterna adoptada, todo parece mío pero nada lo es de manera tan tangible como en casa de mi madre o en casa de mi padre. Y aunque soy experta en ajustarme muy rápidamente a todo, pues a veces no sé ser más hija de lo que pueda ser o de lo que he sido. Después de todo, mi madre nunca me ha pedido, ni me pide más…Que la oí una vez decir a sus amigas cuando se pensó que yo no la escuchaba: “Es tan buena hija… No os podéis imaginar, tiene un corazón así…”

Ella no sabe que yo muchas veces lloro porque me sabe mal dar tanto a otras tantas madres que he tenido y darle tan poco a ella. Ella no sabe que yo hago de “sobrehija” para ser hija, cuando ella de mi, sólo tiene migas y encima le basta. "Sobrehija" para ser hija, porque a las prestadas siempre se les pide más. He ayudado en todo, me he ofrecido para aliviar cargas, he estado allí siempre, cuando los querubines biológicos no querían estar y nunca es suficiente. Nunca, nunca es suficiente. Siempre hay un repunte de sermón. Es horrible ser prestada.

Muchas veces, tal cenicienta, me he quedado sentada en un rincón, cándida e pavorosa, viendo los arrumacos y las lagoterías biológicos. Nunca, nunca los he envidiado ni me han hecho plantearme nada. Para mí, la vida era esto que había, es esto que hay y nada más. Y también porque cuando eres una hija prestada, tienes mucho más defectos. Después de todo, ellos están su casa, con sus leyes intangibles y sus verdades absolutas. Igual que yo, igualito que yo, en mi casa.

Yo nunca he querido ser adoptada y siempre lo he sido. Y me he pasado años de mi infancia apoyada en mi ventana, mirando el camino, anhelando ver la silueta de mi madre. Y a veces aparecía, como un milagro, un día como otro. Recuerdo que yo nunca, nunca lloraba delante de ella. Pasará lo que me pasará. Me hubiera encantado decirle que a veces me sentía sola. Me hubiera gustado decirle que a veces lloraba por la noche y también que me dijera por qué siempre son mejores los biológicos que los prestados… No quería que se preocupara lo más mínimo por mí, porque intuía que ella también por las noches lloraba. Recuerdo que sólo una vez le pregunté, por qué tenía que tener yo, prestadas, familias de los demás, teniendo un padre y una madre. Nunca le he dicho nada de todo lo que me pasaba y me pasa dentro. Pobre Yaïvi. Yaïvi ella, no yo, que siempre ha querido ser madre y nunca ha podido. Leyes ocultas y culturales. E entonces otra vez cogía el camino y se iba y yo me quedaba mirando hasta que desaparecía de mi vista. Cosa que odiaba porque no era que ella desapareciese de verdad, sino por las lágrimas silenciosas que me llenaban los ojos. Aún ahora me encantaría hacerle las mismas preguntas y decirle las mismas cosas, porque sigo sintiéndome sola y sigo viendo que los biológicos son siempre mejores que los prestados.

Qué triste es ser una hija prestada. Conozco más a las madres de los demás que a la mía propia. Suerte que jamás me lo tendrá en cuenta. No es que lo sepa, es que estoy segura de ello.
Soy feliz de tener la familia que tengo ahora, la de antes también y la anterior a la de antes. Es que cada una ha sido diferente pero siempre encuentro a faltar cosas que ni sé explicar, cosas que me hacen pensar.

Aún gracias que haya gente que se deja prestar o me dejan prestar lo que es muy suyo, y que yo, a mi vez me dejo prestar como hija. Pero a veces, como hoy, me da un poco de tristeza de pensar que nunca he disfrutado plenamente del “gozarlo porque es todo tuyo”.
A lo mejor me estoy volviendo blanca pero siento cosas que no sé que son. Siento cosas que no puedo explicar. Pero es que es tan difícil ser una eterna adoptada….

He vivido tanto en casa de los demás, que ahora de mayor, a veces cuando estoy en mi propia casa, en casa de mi madre o en casa de mi padre, en algunos momentos, me invade un miedo, con el corazón desbocado y latiendo a toda velocidad. Miedo aterrador que me deja angustiada. Miedo a no ser buena hija o a que me juzguen. Miedo que pasa rápido porque me doy cuenta de que estoy en mi casa y que esto, es sólo un reflejo adherido de tantos años en casas de los demás. Y entonces me siento tranquila, como cuando flotas con los brazos abiertos, porque sé que no es ningún examen, y que haga lo que haga para mis progenitores será lo mejor. Porque no me engaña la sonrisa de mi padre, aquella de orgullo, la misma que tiene desde que yo era pequeña y la de mi madre cuando le dicen que me parezco a ella.

“Los hijos de mi madre factora no tienen ojos, y sin embargo me dice que soy la primera ciega que conoce. El amor prestado siempre tiene defectos.”
Y me acuerdo de la canción que compuso mi madre para mí. Aire antiguo y canción melancólica que es aún más bonita si se mezcla con cosquillas.
“¿Dónde está mi hija? No la veo. ¿Dónde estará ahora? Decidle que venga, que yo sólo la quiero a ella”.
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lunes, 18 de octubre de 2010

EL POST DE LAURA: CASI SIN DARME CUENTA.


Casi sin darme cuenta, llegó el día en el que papá dejó de arreglarlo todo y mamá ya no tenía las respuestas a todas mis preguntas.

Llegó el día en el que las facturas ya no se pagaban solas, los platos no se limpiaban por “generación espontánea” y, desgraciadamente, la ropa sucia ya no aparecía doblada encima de la cama como por arte de magia.

Casi sin notarlo, llegó la etapa de cambiar el furor de los cubatas por el sabor de un buen vino y las noches de discoteca por interesantes conversaciones en un Pub agradable.

Llegó la etapa de darse cuenta de que el concepto de diversión había sufrido una metamorfosis de mariposa a gusano, y tú que hacías de la vida un juego, de repente te das cuenta de que jugando, lo que apuestas es demasiado.

Casi sin verlo venir llegó el momento de vivir en sueños reales, cambiándoles las alas por un buen par de zapatos.

Llegó el momento de descubrir que ya no se aguantan en el aire, los barquitos de papel con los que navegabas por las nubes; el momento de saber que no queda otra que secarlos al sol a coger fuerzas, porque en la tierra las aguas son algo más tormentosas.

Casi sin saber cuándo elegiste crecer, llegó la hora de madurar, llorando por la inocencia perdida y los llantos malgastados, tragando a sorbos el, a veces indigesto sabor de la responsabilidad y aprendiendo a relacionarte con un silencio interior que en ocasiones ensordece.

Casi sin saber cómo, y con miedo de saber demasiado, llegó el momento de pautar un diálogo entre la niña que se niega a morir y la adulta que no se cansa de crecer.

Texto de Laura Maroto.

Gracias Laura. ( + x + = + ). Te quiero.

jueves, 14 de octubre de 2010

SINCERIDAD VOMITIVA.

¡Dios!
Que sinceros que son algunos. Esos blancos son demasiado sinceros. ¿Cómo se puede vivir en un mundo en el que todo el mundo dice lo que piensa, sin adornar, sin atildar ni siquiera? No se puede ser tan sincero. A veces tanta sinceridad roza la crueldad.

Los blancos te lo dicen todo. No como nosotros, que nos callamos para luego criticar. Los blancos no son nada hipócritas. Un blanco, cuando no te quiere ver, te lo dice. Si no le apetece quedar contigo, también. Si no le gusta tu comida, te lo dice; Igual si hueles mal, o si no te soporta o le caes mal. Lo dicen todo, sin pararse a pensar o meterse en la piel de los de quienes y a quienes están hablando. Y bajo el lema de “si no lo digo reviento”, como si de un "Cogito ergo sum" se tratase, lo echan todo hacia fuera, vomitando sinceridad.

Te dicen: “No sé porque me lo explicas. No me interesa.” con la misma tranquilidad que si te estuviera hablando del tiempo. Te dice “Oye, ¿porque no te callas? con la misma indolencia que si te hubiera dicho “quédate a comer”. Dicen “Es que quiero que te vayas” con aplomo y con imperturbabilidad.
Ya lo decían los Dahoméenses: “Los blancos son demasiado sinceros.”
Hay que decir las verdades. Cierto, pero hay que saber como decirlas y más si la persona en frente nos importa.

La sinceridad es franqueza, es confianza, es honradez, es veracidad y es lealtad, pero también tendría que ser nobleza, educación, amor e empatía. La sinceridad es un valor. Y forma parte de los míos, de los que desde pequeña me han inculcado a hachazos y a tortas limpias. Porque como decían los mayores, con gravedad en la voz e ojos flameantes: “Lo que no aprendes con la calma, te lo voy a enseñar con las lágrimas”. Y yo siempre intento ser sincera, diciendo la verdad, pero cuidando de los sentimientos de los que me rodean; Tal como me lo enseñaron en mis clases de “Escuela de la vida” cuando los profesores nos decían que más que la sinceridad, lo que importaba eran los sentimientos de la persona que teníamos delante. Pero aquí, la gente peca de cinismo y de asperidad, confundiendolos con la sinceridad y su verdad ya tiene más bien forma de burla y de crítica. Eso no es sinceridad. Esto ya no es sinceridad. Decirle a alguien “Eres muy pesado, tío” no es sinceridad, por mucha verdad que sea. Decirle a alguien: “Es que o me apetece verte” o “No, no vengas” o “esto que haces es inútil” sin previo aviso, es cruel.

Ya decía Poncela que: “La sinceridad es el pasaporte de la mala educación.” Y es verdad. La gente se echa tras la sinceridad para faltar al respeto a los demás, para echarles una descarnada, dolorosa y dura verdad. Donde hay buena fe, no tiene que haber dolor.

Es verdad que no hay que engañar, ni mentir pero a veces hay que ahorrar un poco de verdad, siempre y cuando la vida de nadie o la confianza de nadie este en juego. No pasa nada por ahorrar un poco de verdad cruda a alguien. Las cosas se pueden decir de otra manera.
Con la excusa de ser francos, los blancos se despachan a gusto entre ellos. Se lo echan, como una bofetada a doble palma abierta, en toda la cara. Y a parte, el otro, el receptor, se queda con una sonrisa, como si no hubiera pasado nada. ¡Maligno Vudú de la inopia! Yo no me quedaría lisa si alguien me dice: “¡Ay, tía! cállate ya. Siempre estas hablando de lo mismo”.
En el Dahomey, esta sinceridad cruda no existe. La sinceridad cruda viene seguida de una merecida torta bien dada y de una generosa enemistad de generaciones en generaciones. Somos demasiado físicos, ya lo sé. Y no lo excuso, pero no sirve de nada ser mental cuando hay gente cruel. Entre los negros, toda la sociedad te para los pies, si se nota en tu verbo, sinceridad vomitiva.


Muchos dirán: "No hay que mentir. Siempre hay que decir la verdad..."
Sí, mucha sinceridad pero después, te dicen con una sonrisita “Pero que delgada estás” “Esto te sienta genial” “Estás ideal, no pareces tu edad...”, cuando no lo piensan. Esto si es falsedad e hipocrisía. Bien que están concienciados sobre como no decir a la gente que es fea de remate para no provocarles traumas, ahorrando la verdad.
Esto es el mundo al revés, porque nosotros, sí que decimos si alguien es feo o no, o si le queda fatal su pelo, o si físicamente, no está bien.

Maurois dijo “Ser sincero no es decir todo lo que se piensa, sino no decir nunca lo contrario de lo que se piensa.” Se pueden decir las verdades sin herir a los demás. Hay que buscar buenas formas de decir las cosas, porque las verdades a veces duelen.
Parte de “Escuela de la vida”

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jueves, 7 de octubre de 2010

TEATRO DE BLANCOS.

Las diferencias culturales son a veces singulares.
Se entremeten sutilmente en la realidad de cada día, en la manera de pensar, de hablar, en nuestras expresiones corporales… Se insinúan pertinentemente en nuestras costumbres, en nuestra cotidianidad. Se deslizan frívolamente en la manera de vestir, de peinarse… Nos pensamos que sólo erradican en aspectos básicos y simples, pero después aparecen en ámbitos tan sorprendentes como en el dominio teatral.

El teatro de blancos no tiene nada que ver con el teatro de negros.

Ya sé que muchos apasionados actores y formadores profesionales me dirían con el mismo dramatismo de Moliere: “El teatro es lo mismo, aquí e allí.” Falacia intelectual. Pues no es así.

Yo he hecho teatro allí…
Teatro africano, teatro simplista, una versión realista del teatro del renacimiento. Comedias rocambolescas y caricaturescas; Dramas domésticos, familiares y sentimentales en los que el bien triunfa siempre sobre el mal. Teatro sacralizado que refleja en las obras, la creencia en los dioses y la educación social. Teatro para clase media y baja. Teatro al alcance del entendimiento de todos. Teatro de cultos e incultos, con expresiones exageradas e explícitas. Teatro africano contemporáneo pluridisciplinaria con cuentos, danza, música…

…Y también he hecho teatro aquí…
Teatro moderno que ya superó el clásico, el medieval, el romántico, teatro ahora alternativo, que se basa en lo espiritual y el inconsciente. Teatro vaporoso, teatro simbólico, abstracto, una desteatralización del teatro con ritmo lento y a veces soporífero, teatro experimental de difícil interpretación y de dudosa comprensión. También hay teatro contemporáneo, realista y más centrado en unos juegos de ideas.

…He hablado con varios amigos actores negros y hemos llegado a la misma conclusión, como dirían los marfileños: “Teatro de blancos no es teatro de negros dèh.”
El teatro es emoción. El teatro es transmitir, es emitir. El teatro es sensación, es crear. El teatro es pasión, es emoción. El teatro es agua y es fuego. El teatro es fuerza y es presencia. El teatro es único en los aspectos profundos e esenciales. Sentido de verdad, organicidad, naturalidad y técnica.

Vale.

Es todo esto. Pero también es educación, es sociedad, es información y es cultura. E igual que la sociedad, la cultura y la educación varían en todos los puntos del globo. Y esto es lo que hace el teatro de blanco y el teatro de negros. Si el entorno social repercuta sobre el lenguaje corporal, la voz y la dicción, ¿cómo van a ser iguales las maneras de interpretar?
Ya sé que más de uno seguirá diciendo: “No lo entiendes. Tienes que parar de catalogar.… La interpretación es interpretación. El teatro es teatro aquí e allí”.
No es catalogar. Es definir, es matizar, es diversificar. No estoy juzgando si el teatro es teatro o no. Ya se sabe que el teatro es internacional. Sólo digo que la transmisión de la interpretación o de los roles cambia según la sociedad, aunque las emociones sean las mismas. La manera de vivir cada sensación es culturalmente diferente. Para unos, simboliza una cosa y para otros, otra.

Y se levanta el telón.

Acto 1. Escena primera:

Cuando a la mujer blanca le anuncian la muerte de su hijo, se queda lívida, blanca. Una tristeza enorme se refleja en su rostro, una pena inmensa la invade y cae con todo su peso encima de la silla. Un simple “No…” lento, fino, sutil e estremecedor deja entender que su dolor es grande. Se lleva las manos temblorosas al rostro, en un pobre intento de controlar sus lágrimas, mientras intenta digerir una noticia que aún no se cree y se niega a asimilar. En sus gestos, se ve dolor e incredulidad. La actriz transmite todo esto, sin pestañear. Y su público, con el corazón en un puño, algunos con pañuelos en la mano, entiende y vive con ella su dolor.


Acto 1. Escena segunda.

Cuando a la mujer negra le anuncian la muerte de su hijo, no deja acabar la frase antes de ponerse a gritar. Se golpea el pecho llorando “bruyamment” y se rompe la ropa que lleva puesta, con sus propias manos. Grita la muerte de su hijo y grita la pena que le da. Con los brazos abiertos hacia los cielos, implora a los dioses que se la lleven a ella también ya que se considera incapaz de asumir este dolor o de vivir en la desgracia de una madre que tiene que enterar a su hijo. Se da más golpes en el pecho, salta, se tira al suelo y llora desconsoladamente y ruidosamente, gritando el nombre de su hijo. Sólo así, su sociedad espectadora entiende su dolor. Algunas de las mujeres del público se dan golpes en el pecho, gritando el nombre de Dios, para acompañarla en su pena. El público se identifica con ella.

Si los espectadores fuesen blancos, se quedarían acongojados, sobrecogidos pensando: “Se ha vuelto loca”. Vale, que la locura puede ser una respuesta a la noticia que ha recibido la actriz pero esto no es lo que ella quiere transmitir. Otros, expertos conocedores e entendidos en toda doctrina teatral, desde el teatro isabelino hasta el teatro moderno, rebosados, cuales croquetas, en el teatro clásico y percusores de vanguardia del renacimiento dirían con ardor: “¿Pero esto qué es? ¿Qué hace? ¿Esto es parte del guión? ¿Esto es arte?”. Ya se sabe que aunque los blancos siempre lo entienden todo, no les gusta la agresividad. Para ellos, la actriz sólo transmite locura, locura e agresividad. Porque no saben que nuestro dolor se muestra así. Para mí, para nosotros, esta mujer negra transmite dolor, dolor cultural. Porque allí, esto es la máxima expresión de cuando tienes mucha pena. Así son los códigos sociales.

El espectador negro que ve a la actriz blanca, no da crédito. No se puede creer que esta mujer no de más muestra de su tristeza, de su desdicha. “Pero bueno…Esta mujer no tiene sangre, ¿o qué?” gritarían unos. “¡Válgame Dios! Esta mujer está poseída por el maligno vodú de la inopia” dirían otros. “¡Qué mala actriz! yo no sólo gritaría, lo daría todo en la emoción. ¡Grita mujer! ¡Llora, hombre! Confíale tu alma a tu Dios.” concluirían otros reputados actores de la vida diaria. Es que el dolor mudo en este caso es difícil de entender.

A veces, siempre hay algún africano iluminado que hace una muestra de Teatro de blanco en África y el público se queda plasmado al ver una obra un poco “sosa”, sin gritos o cantos o expresiones exageradas. Obras lisas en las que sacamos conclusiones alucinantes y tremebundas: “Los blancos se pueden pelear sin levantar la voz”, “Pueden representar los colores con su movimiento corporal”En el teatro de blancos, salen los actores desnudos a veces”.... Aunque siempre hay excepciones como mi tío, profesional crítico que critica a todo el mundo menos a si-mismo, que jamás ha estado en Europa, que siempre dice con su acento europeo trabajado en la oscuridad de su casa: “No entendéis el arte de los blancos. Yo les conozco. Yo conozco a los blancos. Hay que ser inteligente para entenderlo...”. Tengo otro tío que es aún más inteligente. Hace mezclas de teatro de negros con teatro de blancos. Y tiene los dos públicos contentos.

El teatro es un instrumento de información, un reflejo de lo que es una sociedad. El público entiende aquello que le es familiar. La manera de afrontar los problemas o los retos sociales, es diferente. Para nosotros, actuar bien, no es bordar una obra de Shakespeare. Es tan sólo llevar el público al punto máximo de la emoción. Si las bromas son culturales, la interpretación teatral también lo es, y se ajusta a las demandas sociales.
Me acuerdo de uno que viendo una obra de Romeo y Julieta dijo: “Jo***. No paran de hablar. Queremos acción…”, cuando en media parte del mundo, la gente se queda embelesada escuchando versos de Julieta y rimas de Romeo.
Para nosotros, donde haya una obra de Les Echos de la Capital o de Dah Soglo, o del grupo Soleil levant de Thies, de Gohou Michel, un monologo de Adama Dahico o de Patson, que se quiten los demás. Ante la eterna “La secrétaire particulière” de Jean Pliya, no hay rival. Esto es lo nuestro. Esto es lo que nosotros entendemos. Esto es lo que a nosotros nos hacer vibrar.

Si nuestras sociedades no son iguales, nuestro teatro diario tampoco lo es. Así estoy yo, que cada vez que hago teatro de blancos siempre me sale teatro de negros. Exageración a tope y sentimientos desraizados. Incapaz de interpretar desde donde tiene que salir para enganchar al público blanco. Pero bueno, lo más bonito de todo es saber de uno y saber del otro. Y así disfrutar en todos los ámbitos y gozar tanto de lo implícito como de lo explicito, siempre y cuando naturalidad, sentido de verdad e organicidad se den la mano.

Teatro de blancos no es teatro de negros.

Y se cierra el telón.

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miércoles, 6 de octubre de 2010

TAXI-BROUSSE.

He vuelto a ver mangueros, he vuelto a ver mangos.
He vuelto a ver maizales y casas solitarias en medio de la nada. Aquí la nada es verde.
He vuelto a ver grandes casas de cemento, con sus portales rojos tan característicos.
He vuelto a ver árboles de “Teck”, con sus hojas enormes que también sirven a veces de bajo para las comidas.
He vuelto a ver carreteras sinuosas que se perfilan rectas en el horizonte, lejos.
He vuelto a ver “bachées” llenas de gente que también están de camino.
He vuelto a ver hileras de mujeres cargadas, con sus niños en la espalda, caminando una detrás de otra y cantando en coro una canción que me resulta tan familiar.
He vuelto a ver aglomeraciones de vendedores ambulantes, el “brouhaha” de la muchedumbre y más, de aquellos que se activan para sobrevivir.
He vuelto a ver raíles, sin tren como siempre, líneas paralelas de aquí hasta el infinito, allí.
He vuelto a ver Flamboyanes flamígeros y árboles Quinas, con sus hojitas agitándose a millares como para dar la bienvenida a los viajantes.
He vuelto a ver gasolineras locales, una de aquellas que sólo se ven aquí.
He vuelto a ver agricultores, trabajando de cara la tierra y que de vez en cuando se levantan e agitan las manos a los viajeros.
He vuelto a ver Palmeras, Kolas, Irokos, y también Baobabes, majestuosos todos, con una absurda geometría, recortándose sobre el cielo gris, nublado.
He vuelto a ver casas de tierra roja, y deformes, aglomeraciones pérdidas.
He vuelto a ver carteles vacíos, amarillentos por le paso del tiempo, abandonados.
He vuelto a ver paredes de hojas, como antes cuando la carretera no existía.
He vuelto a ver aquellas hojas tímidas que se cierran sobre si mismas avergonzadas, cuando alguien las toca
He vuelto a ver gallinas, cabras, cerdos paseando entre las casas y vacas pastando entre las hierbas altas.
He vuelto a ver niños jugando ajenos a la pobreza y la desolación que tienen alrededor.
He vuelto a notar en mi cara el aire melancólico que lleva impregnado aromas de mi infancia y recuerdos que ya ni sabía que tenía.
He vuelto a ver los colores de mi tierra.
He vuelto a notar aquella aceleración cardiaca, como cuando sabes que estás cerca.

Y cuando vi todo aquello, supe que había vuelto a casa.

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Pasaje de "Cartas de casa" de Las cartas de Yaïvi.