
El racismo para mí, no es un sujeto de debate.
Ni un sujeto de presentación, ni tampoco algo sobre el que pensar más de lo normal. Gente cargante, engreída, ridícula y mema, hay en todos los países...
Cuando oigo amigos míos inmigrantes, hablando de desprecios racistas, me da pavor pensar en la larga discusión que se generara inútilmente sobre este tema. Yo no me paro a pensar si el acto ofensivo de alguien hacía mi persona, está movido por ideologías racistas o no. Y cuando alguna vez ha pasado de manera clara y concisa, sin lugar a dudas, pues tranquilamente, he seguido el curso de mis pensamientos, ignorando el engreído y ridículo a quien le molesta la gente por su raza. Si algo tan banal como el color de la piel, hace que alguien tenga prejuicios, pues mal va esta persona; Porque yo no me lo puedo cambiar, ni quiero. Con lo bien que me quedan los bikinis de print animal, y los colores fuertes, tanto en invierno como en verano… A parte de que viene de serie con un culo virtuoso, unas curvas marcadas, unos labios “efecto volumen” y unas cachas fuertes... al igual me lo cambio.
Una vez, por las ramblas, vi un reportero que entrevistaba a un hombre, en medio de una aglutinación de curiosos. El hombre, explicando su aventura como “hombre estatua”, decía: “...Toda la gente que pasaba, me miraba como un pobre africano, me miraban con pena, porque ven en mi la historia de los antiguos esclavos…”.
Y yo, movida por la furia “anti-lamentaciones baratas contra racismo nublado”, corté la entrevista en plan peliculero con un: “Pues yo no pienso así”. Me erguí como lo hacían las reinas en mi tierra, para decirle a aquel señor que veíamos en los ojos de los demás, lo que nos apetecía ver. Yo no pienso que nadie me mire con pena porque sea negra. Ni pienso que nadie me discrimine por “negra”. A lo mejor le caigo mal a esta persona y punto. Igual que a mí hay gente que me cae mal (¡Ay! Si yo confesara...). No pienso de antemano que me tratan mal porque no sea de aquí. Y si alguien me discriminase por esto, pues será que es un amargado. Y si veo que por la calle una chica que me mira mal, sólo pienso: “apártate z****”.
También le dije al “hombre estatua” que ya era hora de que nos dejáramos del victimismo esclavista, y para acabar le remate con un solemne: “si nosotros mismos no olvidamos, ¿quién lo hará?”. Y se quedó boqui-abierta por mi actitud de mocosa repelente. Estoy segura de que esto, se lo llega a decir un blanco y el hombre se lo toma mal.
Hay muchas cosas, que para los que ya no somos de ninguna parte, obviamente, nos costará conseguir. Hay cosas que nos costarán hasta que la sociedad se acostumbre a una mezcla multirracial. No nos ahoguemos en lamentaciones, cuando esto no nos hace avanzar. Si un banco no me da un crédito, pues será que tengo un grado elevado de riesgo, más que de azar. Y si alguien se piensa que los inmigrantes le quitamos el trabajo será que esta persona, no ha estudiado mucho en su vida o ha entrado en pocos armarios como este. Y así, todo.
A una amiga mía, un hombre en el metro, delante de blancos impasibles, mirando la escena con cara de mármol, le gritó: “¡Vete a tu país, inmigrante de m****! ¡Escoria!”. Y se le reiteró varias veces, gritándole a un palmo de la cara durante un largo rato. Mi amiga colombiana, como buena inmigrante que pasa del racismo, ni parpadeó.
Aún recuerdo las risas que nos echamos después, las dos, cada vez que pensábamos en la vena a punto de reventar de aquel hombre. Y yo le decía: “¡Dios, Claudia, qué bueno...! Por favor explícame otra vez lo de la vena…”. Qué risas.
¿Qué teníamos que hacer? ¿Pasarnos la media hora que nos vimos a rebasarnos en las palabras ofensivas de aquel hombre? ¿Disertar sobre la cantidad de racistas que hay por el mundo? ¿Pensar que los blancos no nos quieren por ser inmigrantes? Pues no.
Una vez alguien dijo: “Inmigrantes a la hoguera”. Pues con mis amigos, nos planteamos como seria aquella hoguera. Y me acuerdo como nos partíamos de risa, al imaginar la calentita hoguera en este día de invierno, con todos los inmigrantes bailando alrededor, cantando y saltando, dándolo todo, y disfrutando de la noche y del calor...
Hay muchos tipos de discriminación, que si el color de la piel, que si el acento en la voz, que si la manera de hablar, que si el color del pelo, que si la estatura… ¿Y yo me tengo que parar a pensar entre todos estos conceptos, cuál es el que ha molestado más al rancio que me está insultando? Paso. Peor para él.
Yo, del racismo paso. Y de los racistas, también.
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