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lunes, 5 de mayo de 2014

RACISMO DE PLÁTANOS.


La semana nos ha dejado una anécdota cuando menos curiosa. Un plátano, un campo de fútbol de la Península y un balón han recorrido los medios de comunicación y redes sociales de medio mundo para ir a parar a otra cancha, esta vez, de baloncesto, en Estados Unidos.
La burda coincidencia entre ambos episodios ha sido el racismo o, lo que es lo mismo, el rechazo del otro por ser diferente. Y sí es difícil encajar que en un país con la historia de España surjan todavía estos brotes xenófobos, todavía debe serlo más que ocurra en aquél que precisamente tiene un presidente negro y que atesora una larga lucha contra esta lacra plagada de sucesos de sobra conocidos por todos. 

Ha sido un alivio que la unidad de acción y la complicidad no se hayan hecho esperar, posiblemente avivada por las nuevas tecnologías, y que en muchos lugares alguien se haya comido simbólicamente un plátano, ojalá que canario, para alinearse con el jugador del Barcelona que inició espontáneamente esta cadena reivindicativa, eso sí, espoleado por un aficionado al que apenas le hemos visto la cara y que quizá no tiene el nivel intelectual o la cultura necesaria para sopesar su atrevimiento. 
Al otro lado del Atlántico, el patrón de un equipo de baloncesto advertía con la boca torcida a su pareja que no trajera negros a su pabellón. Horas después, se quedaba sin su club, recibía una multa millonaria y el desprecio de sus propios jugadores, que depositaron sus camisetas sobre el parqué y desataron otra ola de solidaridad en un deporte sostenido precisamente por una amplia mayoría de figuras de esa raza. 

Hasta aquí solo cabe celebrar esta reacción multitudinaria, aunque también puede uno preguntarse si en realidad ahí se acaba todo y si a partir de ahora vamos a ser todos mejores personas por el hecho de haber repudiado a ambos personajillos. La respuesta en mi opinión es que no y que se trata a lo sumo de uno de esos bucles que remontan a una velocidad endiablada el espacio mediático, que producen consecuencias amargas inmediatas a sus protagonistas y que, con la misma rapidez, será olvidado al cabo de las horas. 

Pienso que la verdadera xenofobia sigue escalando posiciones en el mundo en forma de fronteras, vallas y élites cada vez menos numerosas pero más blindadas que crean los compartimentos estancos que producen el odio y el desequilibrio no solo ya racial, sino humanitario, cuando no climático, que nos pone a todos a los pies de los caballos. 

Creo que la verdadera intolerancia se hace cada día más fuerte en un planeta en el que la razón ha sido secuestrada sistemáticamente y relegada a una simple anécdota, como la del plátano de Alves.


Texto del periodista Juan Carlos Acosta.
http://ahorafrica.blogspot.com.es/ 
http://www.diariodeavisos.com/2014/05/racismo-platanos-por-juan-carlos-acosta/

http://yaivi.blogspot.com 

miércoles, 9 de noviembre de 2011

EL DISGUSTO DE ROGELIA.


Me llamo Rogelia.
Tengo 89 años. Soy una mujer fuerte y entera y no me gustan las simplezas de la vida. Dura infancia, por las crisis económicas y hastiados años de moza por la segunda guerra mundial y la guerra civil española, he crecido en la España más revuelta. Aquellos años eran durísimos. Y, cogida por el temor de las jóvenes de aquellas épocas, me casé, tarde, con el primer hombre que me miró. Mejor malmaridada que sola…

No les diré de dónde nos vino nuestra fortuna, pero mi marido y yo, pasamos de no tener nada, a tenerlo absolutamente todo, de un día para el otro. Y tengo que reconocer que la vida se ve mucho más bonita desde arriba, desde la riqueza material. Me quede viuda muy temprano y tengo un único hijo, que tuve tarde y no es para menos, pero es lo más bonito que me ha pasado en la vida. Un hijo culto, educado, guapo… ¿Quién no querría tener un hijo así?

Y en todos mis años, hoy, mi hijo me ha dado el golpe más duro de mi vida. Hoy, dejando ya atrás un sonado divorcio con una chica que yo misma modelé para él, mi hijo ha vuelto a casa con una mujer negra.
Este ha sido el disgusto más grande de mi vida. Una decepción que me ha tenido varios días yacente, con un mal cuerpo al pensar cómo afrontar la sociedad con esta mancha en nuestra familia, en nuestro honor. Casi me caí cuando la trajo a casa.

No les voy a engañar. Hubiera preferido que se haga cura o que sea homosexual. Antes me aterraba la idea que pudiese ser uno de estos que les gustaban gente de su mismo sexo. Le amenacé. Le dije que le mataría si algún día me daba esta contrariedad. Pero nunca me imaginé que hubiera algo más vergonzoso que tener un hijo homosexual.

Y allí la tengo mirándome y sonriéndome. Parece un mono de estos países que ya, por aversión, jamás había visitado. Y encima se ríe de mí, porque le he preguntado si ellas también tienen aparatos genitales como nosotras las blancas. No para de reír y es algo que me saca de mí. No contesta nada cuando le pregunto si ha venido a llevarse todo el dinero de mi hijo. Mi dinero. Y va lista si se piensa que dejaré que mi hijo se gaste en ella, más de lo mínimo. Yo soy dueña de mi hijo. Hasta ahora había hecho todo lo que yo quería. Y ahora por culpa de esta, tan fea, ya ni le reconozco.

Llevo varios días sin hablarme con mi hijo. No sé si algún día se lo llegaré a perdonar. Yo ya no tengo edad para estos disgustos. Y no entiendo por qué no paran de ir y de volver. Viajes por aquí, cenas por allí… “No te preocupes por el dinero mamá” me dice. Él sabe que yo no le eduqué para ser derrochador. Yo hago kilómetros para tomarme un café en el pueblo de al lado donde la taza de café es unos céntimos, más barata. Y ¿para qué se tiene que sentar en un restaurante para comer cuando va a Barcelona, si puede ir a casa de mi amiga Carmen que vive en esos bajos fondos de Sant Adrián en el Besos? ¡Esto, he hecho yo siempre! Ahorrar antes que vivir. Y así ahorré yo toda mi vida, para que ahora venga un simio antropoide a robárnoslo.
“¿Por qué no te quedaste en este sucio país de donde eres?” le espeté un día. “¿Ahora que ya tienes el blanco rico que querías, ya te has quedado a gusto?” Y la miro, pero ella no se inmuta. “¿Querías esto no? ¿Ahora estás contenta?" Y no me dice nada.

Ahora tendría que ser feliz, pero sólo lo soy a medias. Mi hijo ha tenido una criatura con ella. Y por suerte de Dios, que yo soy muy católica, la niña ha nacido blanca como su padre. Casi no se le nota los rasgos de esta impostora. Esto es lo que me salvó delante de mis amigas, el día que quedamos porque querían conocer a mi nieta. Respiré aliviada porque ninguna de ellas se dio cuenta de que mi nieta era medio negra. Ya hice bien de decirle a la hipócrita, que me esperase en la estación para que me llevara yo a la niña con mis amigas. Me trajo la niña y ya se pensó que podía venir conmigo. ¡Ha! ¡Pues no! Estuvo esperando horas, en el frío de la estación hasta que volví con la criatura. “Suerte que la niña no tiene esta cara tan negra que tienes. Mis amigas no se han dado cuenta de nada” Le dije a la vuelta. No para de hacerme pasar por situaciones bochornosas. A veces, tengo que ingeniarme mil excusas… “Es la chica que me cuida” le tuve que decir a la señora del mercado, un día que la mujer nos vio juntas. No le iba a decir que era la mujer de mi hijo. ¡Válgame Dios que en su sangre reposa mi vida! Y ella, me mira, y no dice nada.

Yo quiero mucho a España y no quiero que venga esta gente en mi país, en este país por el que tanto hemos sufrido. Y peor aún, tener una en casa, que no para de sonreír a pesar de todo lo que le digo para sacarla de quicio. Mira que lo intento soportar, pero no puedo. Y pienso que jamás se lo perdonaré a mi hijo, porque creo que me acortó los días de mi vida. Nunca le perdonaré por esta situación que cada mañana me revuelve las tripas al pensar que alguien de mi entorno, mis amigas, lo puedan saber…. Y por muchos años que pasen me sigue resultando insoportable levantar la vista y ver a esta cara tan sucia en mi casa. Siempre rece para que se separasen y si iba a misa los domingos, estas eran mis plegarias, pero allí está. Mi hijo dice que ella es simple y que no tiene sueños de grandeza, que le costó horrores conquistarla y convercerla de que viniera con él y que ella le quiere de verdad. ¿Qué sabrá está, de amor?

Hoy, me he hecho mis necesidades encima. ¿Qué quieren que les diga? No sé como ha pasado. Y mi nuera con cara grave ha venido a limpiarme. Es ella la que me ducha y me pone los pañales, hasta que encontremos una enfermera. Lo hace y no dice nada. Y también se sienta a mi lado mientras lee un libro, esperando seguramente a ver si vuelvo a hacérmelo encima. No sabía que supiesen leer en esta selva de la que ha venido. Yo no quiero que me toque. Prefiero rebozarme en mis materias fecales u ahogarme en mis excrementos antes de que me tocase ella. Toda la vida luchando para acabar en mano de una negra. E impotente, cagarme encima y sólo tenerla a ella al lado. Y esto es lo que más me molesta. Que me viera en esta situación de debilidad…

“Es esto lo que querías no? ¿Eh? ¿Verme así? Qué mala eres con esta carita tan sucia que tienes." le digo cada vez que con un trapo me limpia mis partes.Y de verdad que me saca de mí, que no me diga nada y que se quede mirándome y sonriéndome…

Me llamo Rogelia y el disgusto más grande de mi vida, me lo ha dado mi hijo casándose con una negra. Hubiera preferido que se haga cura o que fuera homosexual. Nunca pensé que pudiese haber algo más horrible que esto…


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lunes, 4 de julio de 2011

NEGROS DE PRIMERA GENERACIÓN...


“Si tuviera el poder de Hiro Nakamura, iría a ver a Martín Luther King después de su discurso y le enseñaría la foto de Obama…”

Soprano lo dice en su canción. Supongo que lo que le mueve es toda la lucha personal que ha tenido que hacer para hacerse un sitio en una sociedad que no es la suya. Pequeñas luchas internas, que sólo entienden los que luchan en el mismo bando. Pero igual que Soprano, hay muchos otros jóvenes, de hoy en día que les tocó vivir una realidad que ellos no escogieron… Aquí va la realidad de Alo.

- ¿Cómo te llamas?
- Alo…
- ¿Hablamos de recuerdos?

Cuando llegue a España, no hablaba castellano y me daban miedo los blancos. Tenía 5 años. Pequeño, curioso y un poco travieso, me vine dejando atrás, mi río natal, mis palmeras, las casas de tierra batida de mi pueblo y todos mis amigos que como yo, no tenían ninguna idea de lo que era “irse”…
Mi padre tenía unos amigos que nos acogieron en su casa, aquí en España. Eran blancos y mi padre trabajaba para ellos en unas oficinas que tenían en Barcelona.

Empecé la escuela a los 8 años. Mi primer día fue escandaloso. Yo era el primer negro que se matriculaba allí. Recuerdo un bullicio alborotador que me dejó aturdido. Todos los niños hicieron un coro a mí alrededor para mirarme y para tocarme. Nunca habían visto un negro. Me asombró su ignorancia. Sólo recuerdo de este día, que no tenía miedo alguno. Les miraba con curiosidad mientras ellos, curiosos también, me miraban y me palpaban descaradamente. Y aún allí, no me di cuenta de lo que me esperaba durante todos los años siguientes…

Durante un tiempo, se repitieron incidentes como los de aquel día. Me rodeaban y me miraban, hablando todos a la vez. Al final, acabé acostumbrándome… En la escuela tenían actividades que desde mi perspectiva, me resultaban peculiares. Pero lo que más odiaba eran las fiestas de carnaval. Las odiaba con todas mis fuerza. Y con canciones que institucionalizaban la burla y el racismo, como la de Mecano “Blues del esclavo” o algunas de Georgie Dann, me sentía humillado cuando se disfrazaban de negros, pintándose y colgándose un hueso en la cabeza. Yo tendría sólo 8 años, pero venía de África y nunca había visto negros con huesos en la cabeza. Nunca entendí por qué se disfrazaban de una cosa que para ellos, era motivo de mofa y de desprecio. También coincidió mi estancia allí, con la serie “Raíces” de Alex Haley y pasaron a llamarme Kunta Kinte cuando querían reírse de mí. Se metían conmigo y me llevaba de vez en cuando, alguna que otra paliza sin importancia. Pero esto era lo de menos. Éramos pequeños… A parte, también tengo que decir que tuve amigos, niños que en esa época, fueron muy buenos compañeros.

Un día, a los 10 años, me vinieron a pegar unos niños. Y mientras me pegaba con uno, recibiendo golpes de otro, alguien me golpeó en la espalda. Me giré y vi que era un niño de 6 años, hermano de los que me pegaban. El niño hacía lo que hacían sus hermanos. Y esto me hizo pensar. El niño imitaba sus hermanos. Y me di cuenta, mientras la revelación me dejaba indefenso bajo los puños de aquellos niños, que a veces, calcamos cosas sólo porque lo hace gente que queremos, sin plantearnos nada. Actitud gregaria y borreguil de niños, que serán el futuro de su sociedad.
Las palizas se encadenaban. Los golpes y las burlas también. Todo siguió igual, hasta que un día me tuve que enfrentar a uno de los chicos más fuerte de la escuela. Ya desesperado y empujado por la rabia de la injusticia, casi le estrangulé. Pagué con él, el dolor de tanta crueldad y de tanta insensibilidad que tenían hacía mí. Yo era un niño como ellos, igual que ellos. Le pegué con toda la rabia de mis 11 años, le pegué ensañando con él toda la furia de tantas mofas y burlas por cosas que yo no había escogido, le pegué con toda la fuerza de aquellos sentimientos de soledad y de marginalización que yo había sufrido durante tanto tiempo… Y desde este día, me gané un poco de respeto.

Recuerdo mis años en la escuela con mucha nostalgia, a pesar de todo lo que pasé allí. No era más que un niño rebelde porque no entendía porque se metían conmigo, niños e incluso algunos maestros, sólo por lo que yo era… En casa tampoco era fácil y estos temas eran, para nosotros, problemas menores.

De mayor tuve que pasar algunos momentos de bochorno porque el color a veces era una barrera a una relación. Más que de mí, la gente se reía de la persona con la que salía, sólo porque salía conmigo…
Y aquello de que te pidan papeles por la cara o más bien por el color… Y un día, decidí que se acabó. Que se acabó aquello de tener miedo sólo porque hay gente que se piensa que cualquier negro es ilegal. Decidí que la policía es policía, fuerza del orden y que no hay que echarse a correr cuando les vemos. Aunque cuando te ven, te avasallan por negro y si pueden, pues te pegan… Decidí que se acabó y desde entonces, más de una vez, me he negado a enseñar mis papeles. Me ha costado alguna tarde en comisaría, pero el amor propio intacto me compensa.
Más tarde me aliste en el ejército y allí me tuve que enfrentar a algunos que llevaban camisetas de grupos nazis como estirpe imperial, batallón de castigo y cuadros de franco. ¿Racismo?



Empecé a tener más conciencia de mi negritud y de las trabas que había en esta sociedad. Empecé a frecuentar ambientes de negros. Y allí me di cuenta de que también había segregaciones geográficas y odios étnicos entre gente de diferentes países africanos. Increíble, sórdido y triste porque en lugar de juntarnos para ser más fuertes, nos dejamos cegar por convicciones erróneas. Con las otras familias negras que había en nuestro barrio, nos veíamos poco. Quedábamos de vez en cuando para alguna boda o alguna comunión. De lo que me arrepiento hoy es de no haber hecho más piña entre todos y luchar juntos en esta guerra de marginalización, en lugar de hacerlo por separado como lo hicimos.

Luego me hice más fuerte y más grande. Me hice muy buenos amigos. Y puedo presumir de tener muy buenos amigos. A lo largo de mi vida, me he esforzado para ser el mejor en todo. En lo cultural, en lo interno, en los estudios y en el trabajo, en todo. Para que nadie me viera como algo menos.
Todavía, del pasado hay algunas imágenes que me vuelven. Recuerdos dolorosos, como cuando aquel conductor de bus hizo bajar a mi madre delante de todos, bramando y gritándole. Me dolió como un disparo en el pecho. Un sentimiento sordo de odio y de rabia contra aquel señor que trataba a mi madre así, por que era negra. Yo no hubiera podido vivir en Sudáfrica o en USA en los 60’s, porque ya estaría muerto o viviendo en la clandestinidad. Pero lo que he aprendido a lo largo de todos estos años, es que es mejor utilizar la astucia, que la propia fuerza física. De pequeño aún me pegaba con los otros niños Pero de mayor, jamás. Me he negado siempre a llegar a estos extremos, pase lo que pase. Me niego a pelear y fío ciegamente mi integridad a mi verbo que es más devastador que mi puño negro.

- ¿Cómo te sentiste durante todos estos años?

Muchos años de mi infancia, me he sentido excluido. Totalmente. Y diferente. Muchas veces, incluso de niño, he sentido rabia y estupefacción. Tristeza nunca. Me sorprendía ver las relaciones que tenía yo con los niños de aquí. Yo antes de venir a Europa, tenía amigos con los que compartía tardes de juegos. Y aquí nada y no entendía por qué. No entendía porque simplemente me menospreciaban por mi color de piel. Y no era que lo suponía, sino porque me lo decían claramente, espetándomelo sin tacto.

A lo largo de mi vida, muchas veces me negaba a llorar, aunque sintiese muy dentro de mí, el dolor por un inmerecido trato. No quería darles el lujo de verme llorar porque no era sólo yo. Era todo lo que yo representaba. Mi familia, mis amigos, mi raza…
Así que ahora tengo que seguir luchando para superarme e irme a envejecer bajo las palmeras de la casa que me dejo mi abuelo en Mbini. Allí está mi hogar, mi paz, mi gente. Aunque siempre hay un día en que piensas: “Qué difícil es todo” y alguna vez, me pregunto si llegaré… Bajones que me dan, pero necesarios para tomar más impulso y llegar más alto. Triste atardecer de la vida y consecuencias de la decisiones de mis padres. Yo no escogí venir a vivir a Europa. Sólo, he vivido todo lo que me ha tocado vivir, aunque solo.

La época que yo viví era una época bastante difícil para los negros, aquí en España. Casi no había negros. Cruzarte con uno en la calle era todo un acontecimiento, no como ahora.

Si tuviera el poder de Hiro Nakamura, hubiera ido a sentarme al lado de Rosa Parks.
Me hubiera ido al templo de Harlem, para empujar a Malcom antes de que le alcance la bala.
Me hubiera ido en la celda de Mandela y le hubiera dicho: “Aguanta… tus ideas te harán presidente de Sudáfrica”.
Me hubiera ido en la casa de Kunta Kinte o a Gorée y les hubiera dado fusiles antes de que llegaran los colonos.
Si tuviera el poder de Hiro Nakamura, iría a ver a los tiradores africanos y les diría que tratan a sus hijos de “inmigrantes de mierda”.

- ¿Qué harías tú si tuvieras el poder Hiro Nakamura?
- Pues iría al futuro a ver si sirvió de algo todo lo que hicieron Martin Luther King, Malcom X, Rosa Parks, James Meredith, Leopold Sedar Senghor, Stephen Biko, Mandela... Todos aquellos que valientemente han luchado por los derechos civiles y la igualad entre negros y blancos. Si tuviera el poder de Hiro Nakamura, iría al futuro a ver si ha cambiado algo porque después de tanto tiempo, todo va aún muy lento…

A Alo, no le conocéis. Pero yo sí.
Y me parece increíble que detrás de esa sonrisa y este aire gallardo, elegante y culto, haya habido tanto sufrimiento.
Alo es mi amigo.

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martes, 21 de junio de 2011

LÁSTIMA QUE SEA NEGRA...


El racismo pasa por las calles. Está en los detalles de cada día. Está aquí, allí e allá también… Revolotea por las conciencias, pero mezquinamente se esconde y vuelve a aparecer, arraigado en todas las costumbres elementales.

Yo no sé en qué pensaba Júpiter cuando nos hizo de colores.
Seguramente, no pensó en qué podríamos sufrir vejaciones.
Comentarios como exégesis incómodas y aborrecedores
Humillación, desdén, desprecio, altivez y mortificaciones.

En el Dahomey, corre un rumor que dice que a los blancos les encantan las chicas negras y que cualquier negra en Europa puede enamorarse de quien quiera y casarse y ser feliz, como en África… Una mentira burda y vulgar.
En los matrimonios mixtos, de negros y de blancos, muchos europeos ya de por sí, aunque no todos, ven un amor interesado por parte del negro o de la negra. Muchos, incultos cerdamente ignorantes, juegan a ser dioses y se atreven a evidenciar los intereses, que según ellos, persiguen los que no somos de aquí: dinero, libertad, pasaporte para occidente…
Y a mí que no me vengan con que hay muchos que buscan sus intereses. No. Porque yo estoy en el otro bando. El bando que sufre el horripilante dolor de las glosas absurdas. Y estoy harta de que al salir con un chico blanco, algunas negras tengan que oír: “Es maja, pero lástima que sea negra…”

Lástima es sinónimo de pena, lamento, grima y disgusto…

¿Qué pasa? ¿Por qué es una lástima que la novia sea negra? ¿Lástima por qué? ¿Lástima de qué?
¿Acaso es que ser negra va de par con ser mala persona? ¿Acaso ser negra tiene algo que ver con una malformación genética? ¿Por qué tiene que dar pena y grima alguien por su color de piel y no por su falta de valores?

No me estoy enterando de nada.

¿De qué sirve que nos eduquen correctamente con principios e añadidos, para que después tarados como aquellos, nos digan que damos pena? Mis padres llevan trabajando toda su vida por mi educación, para que me digan que es una lástima algo que no puedo cambiar. Algo tan sustancial y tan rico como el color de la piel.
“Paltoquets”, insolentes y pretenciosos. Gente que alardea de ser moderna, y educada, refinada y pulcra, y que presume de no ser racista. Gente arrogante y procaz que se piensa que por ser blanco tiene una idea no equivocada sobre aquella negra que está saliendo con su hijo. Jóvenes, que se ven en la cima del mundo y se toman la libertad de juzgar los sentimientos de los demás, que se burlan de su amiga porque se ha acostado con un negro, y dejan de quedar con su amigo porque se ha echado una novia negra... Un clasismo racista, que les hace rebosarse en su ilusa supremacía, que no es nada más que una deposición literal.
Una xenofobia aburguesada, con familias avergonzadas y disgustadas porque su hijo sale con una negra. Porque, es que ¡Es negra! Manos a la cabeza porque es una meretriz, una interesada, una muerta de hambre que sólo quiere la herencia familiar. Y encima, habrá que aparecer en público con ella.

Eso sí. Después se jactan de sus hazañas en algún viaje de safari por el África de las bestias que se denominan salvajes, sus juergas de juventud con alguna amiga negra, sus aventuras en el ejército con aquel gran soldado y amigo negro, sus mitos artísticos negros y su pasión por las máscaras Ifè. Simpatía falsa que muy rápidamente se evapora cuando la negra quiere formar parte de la familia. Y la cosa cambia. Ya no sólo son salvajes los animales, sino también aquellos que revolteaban allí en medio de las bestias… si… ¿cómo se llaman? … ay... si… ¡Negros!

Lástima ellos, que nos lastiman a nosotros. Diferentes formas de una misma palabra, que en dos sentidos, va a uno de una forma y va a otro de otra forma verbal y transitiva.

Tu lástima, me lastima. Tu pena, me hiere.

Qué pena para los niños que son de aquí, pero que les delata su color. Los que han sido adoptados, los que han nacido aquí, los que tienen una vida como cualquier otro ciudadano de aquí, pero que les vende su color…
Que triste es estudiar, tener dos carreras, saber latín y no pasar hambre, para que después te sentencien. Ojala un día cambie esto y que en lugar de hablar de lástima por un color de piel, hablemos del maravilloso mundo de la drosophila.

Y a nosotros en África, nos educan conforme que la madre naturaleza es justa, y que en los humanos hay fraternidad. Y no es así, porque aún retumba en mis oídos aquella frase: “Es maja. Sí. Me casaría con ella mañana mismo, pero es que… es negra… Lástima...”

Pues sí. Una lástima. Lástima que seas tú, tan simple.

Y cuando mi madre me dice mezquinamente “Cuenta hija… seguro que allí, hay más de uno suspirando por ti…” Pues no sé qué decirle… No sé si lo entendería. No quiero que sepa que hay gente que tiene muchos prejuicios y que el color de la piel, aún es tema de juicio en el amor.

Y de verdad que no sé en qué pensaba Júpiter cuando nos hizo de colores.


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lunes, 11 de abril de 2011

LA NIÑA NEGRA QUE SE DIBUJABA BLANCA.


Érase una vez, una niña negra que se dibujaba blanca.
Era negra, negra, negra pero se dibujaba blanca.
Era negra como las noches sin luna, con unos ojos brillantes, una sonrisa que brotaba como el agua viva de los riachuelos y vivía feliz, rodeada de otros niños. Nadie sabía por qué pero, ella se dibujaba blanca, blanca como los otros niños que la rodeaban. Siempre dibujaba una niña de pelo rizado con trenzas, unos ojos enormes, lo coloreaba con un lápiz de color beige anaranjado y ponía su nombre debajo. Así se veía ella. Los otros niños parecían no darse cuenta porque ellos también la dibujaban igual, ya que ella misma siempre se dibujaba tal cual.

Y un día que se dibujaba, la maestra se le acercó y le preguntó, por qué se dibujaba así… “Mira mi mano…” lo dijo. “…Y mira la tuya. ¿Son del mismo color?”.
Y la niña negaba con la cabeza y decía: “No...”
¿Y por qué te pintas de este color clarito? le preguntó la maestra.
Y la niña le respondía: “Es que, es mi color… el mismo color que los demás”
Y señalaba los otros niños.

La maestra le dijo que no, que no era su color y le preguntó a los otros niños, con qué color la dibujarían. Y como la niña siempre se había dibujado de color beige, todos los niños levantaron su lápiz beige. Y la maestra les dijo que no. Les dijo que ella no era beige, sino más bien marrón, porque ella era negra y que ellos eran blancos y por esto se dibujaban con este color beige. Y que si la niña era oscura de piel, había que pintarla oscura de piel. Los niños, la escuchaban con atención y miraban, curiosos, a la nueva negra. Muchos no entendían porque era negra, ni porque tenían que dibujarla de otro color, pero lo había dicho la maestra. Y sí lo había dicho ella, debía de ser verdad. Así que su amiga era negra, y ellos sin saberlos. Y la miraban…
La niña sabía que era negra, porque sus padres se lo habían dicho. Pensaba que lo había entendido, pero nunca pensó que sería una cuestión de lápices. Pobre niña, ciega de color, sin ninguna noción de raza, que se pensaba que era igual, igualita que sus amigos.
Érase una vez, una niña negra, que no se veía negra, porque sus amigos, sus padres todos eran blancos. Y ella siempre se había visto igual que ellos.

Érase una vez una niña negra, que al final, empezó a dibujarse negra. Y se dio cuenta de que estaba sola, porque era la única negra entre todos. Se dio cuenta de que todos la miraban y no sabía si esto era malo o era bueno. Aquel día, con la goma de borrar, se quitó todo el color beige y se pintó de marrón. Miró su mano, y no lo entendió porque vio que tampoco era el mismo color que tenía ella. Pero lo había dicho la maestra.
Érase una vez, una niña que, de repente, se dio cuenta de que no era diferente, sino que no era como los demás. Y se sintió sola, muy sola, sola y negra.

Y érase una vez, una maestra que se sintió feliz porque gracias a ella, una niña de su clase había empezado a dibujarse con el color que le tocaba, tal como tenía que ser...


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* Photo de Roberto Saccon

lunes, 21 de febrero de 2011

LA LAIA ES DE AQUÍ.


Laia es de aquí.
Laia ha nacido aquí.
Laia es del país de su padre. Laia es catalana.

La Laia es una mezcla de culturas, como muchos otros niños, con padres de nacionalidades diferentes. Es una preciosidad, un encanto de niña, con su pelo rizado, sus hoyuelos y sus diez añitos. Madura, inteligente, cariñosa y de muchas risas, no para de curiosear, de escuchar con atención para sacar una conclusión de las cosas, de todo lo que la rodea…
La familia de la Laia es una familia como cualquier otra. Su padre, hombre generoso y de muy buen corazón, ha trabajado toda su vida para que a sus hijos, no les faltase de nada. Su madre trabaja, vela por su familia y sigue buscándose un hueco en esta sociedad en la que vive desde hace muchos años. Y los dos, siempre han intentado educar a su hija para que supiese valorar la libertad, desde el respeto.

Pero el otro día, a la madre de Laia se le rompió algo por dentro. A la madre de Laia, se le cayó el mundo encima, cuando descubrió unos moratones que la Laia le escondía. Se le partió el corazón cuando vio su hija romperse en lágrimas, explicándole aterrorizada, que unos niños de su escuela, más mayores que ella, la habían cogido entre varios y la habían pegado y golpeado, gritándole “¡Negra de mierd*! ¡Vete a tu país!”

Y la Laia no paraba de llorar, no paraba de llorar. Se le desató, la pena por dentro. Un llanto con sollozos ruidosos y con su dolor, abrazada a su madre, porque sabía que no había hecho nada malo para merecer estos golpes. Su madre no sabía qué hacer, ni sabía qué decir. Una cosa era sufrir ella, ataques racistas, pero otra bien distinta es que lo sufra una niña de diez años, su niña...

Pobre Laia... Estaba convencida de que ella era de aquí, que este era su país.

Con lo que nadie contaba era con estos niños crueles, almas mefistofélicas, niños violentos, maleducados y pérfidos, que yo diría que tampoco tienen la culpa, sino que sólo repiten lo que ven a su alrededor, lo que dicen sus padres, lo que dice la gente de su entorno. Niños socialmente malcriados. Niños familiarmente malcriados. Niños personalmente malcriados.
¿Por qué nadie, nadie les ha enseñado que hay negros que también son de aquí? ¿Por qué nadie les ha dicho jamás, que hay sudamericanos, chinos, paquistaníes que también son de aquí? ¿Por qué hay padres que no les enseñan esto a sus hijos? ¿De qué nos sirve a nosotros enseñarle esto a la Laia si los demás no se lo enseñan a sus hijos?

Algunos se pensarán que son juegos de niños, pero un juego en el que entran insultos y golpes, no es un juego de niños.

¿Qué tenemos que hacer para que esto cambie? Para que ningún niño tenga que sufrir lo que ha sufrido la Laia, para que ningún niño tenga que sufrir vejaciones por su color de piel, por su religión, por su acento... ¿Qué hay que hacer? Para que los niños no se discriminen entre ellos, para que se acepten unos a otros, porque la pluralidad cultural es el futuro social que nos tocará vivir;  El futuro social que les tocará vivir.

Y la Laia no paraba de llorar, la cabeza escondida en el cuello de su madre, que tenía el corazón latiendo a mil por la rabia que la poseía. La misma rabia que me poseyó a mí, porque la Laia es de mi familia.

La Laia es de aquí. Sus códigos sociales son los de aquí. La Laia es catalana. Siempre ha vivido aquí y lo tiene todo aquí. Su familia, sus amigos, su vida, su gente… Igual, exactamente igual que ellos, aquellos niños que la pegaron.

Y la madre de Laia, no podía hablar, con un nudo en la garganta, cuando su hija entre sollozos, le decía:

-“Pero yo, mama, ¿de dónde soy?”

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viernes, 21 de enero de 2011

NEGRO DE MIERDA. EL RACISMO EXPLICADO A LOS BLANCOS.

Este es el título del maravilloso libro que me estoy leyendo. Un libro de Matthew Tree intitulado “Negre de merda. El racisme explicat als blancs”. Un libro fantástico aunque no sé si seguir porque me está entrando una rabia y un poco de fobia por todas las historias que explica Matthew. ¿Qué es el racismo en realidad? ¿Quién es realmente racista? ¿Se es racista por ignorancia? ¿La gente es racista por todas las teorías que erróneamente se han ido inculcando en la cultura general?

El color de la piel puede ser un indicador general en cualquier aspecto. Igual que lo podría ser la nacionalidad, el tipo de pelo… Después de todo, no se usa el mismo champú, para un pelo que para otro.  Lo execrable es cuando este factor, ya sea el tipo de pelo o el color de la piel, se usa de manera peyorativa.
Yo paso del racismo. Paso del racismo absoluto que es aquello que empuja a algunos infelices ignorantes a sacar una rabia contra alguien frente a la que se sienten superiores. Hay muchos tipos de racismo.

El racismo...
( ...Continuará )

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lunes, 7 de junio de 2010

EL COMPLEJO DE BLANCO.



El “Complejo de Blanco” es una alteración del comportamiento de alguna gente blanca, originada por unas ideas, pensamientos o sensaciones despectivas y perniciosas, basadas en la Historia. Hay que remarcar que tener el Complejo de Blanco, no es ser racista.

Este complejo no tiene nada que ver con el “Complejo de Esclavo” que es la perturbación de la conducta de algunos negros, que al oír la palabra “negro”, dijese como se dijera, piensan que se hace alusión a su condición de descendiente de esclavo y que la palabra está usada en su sentido más peyorativo. El Complejo de blanco puede provocar Complejo de Esclavo.

400 años más tarde y seguimos igual.

Vale que en aquel XVII , decir “Negro” era asociado a prisionero, siervo, sometido, oprimido, tiranizado, malo, deslucido, infausto, desgraciado, inferior, insignificante, detrito, primitivo … ¡Uy! A lo mejor me he pasado. Pero hoy en día, creo que decir “negro” o ser “negro” no va asociado con esas ideas lúgubres.

Ya ha pasado tiempo desde aquel entonces, pero algunos blancos no dicen “negro”.
Muchos dicen cualquier otra cosa, antes que decir la palabra “negro”. Esto es el Complejo de Blanco. Blancos que se piensan que, por ser blanco, decir “negro” es negativo. O gente que se piensa que aún estamos en el siglo XVII y que ser negro, es funesto. Y lo más sobrecogedor, es que no son racistas. Es tan sólo el peso de la Historia.
No sé cómo será en los otros países de los blancos, pero aquí donde vivo, para llamar a los negros africanos, se puede decir de varias maneras: “negritos”, “morenos”, “gente de color”, “vosotros”, “la gente como tú”…

Si yo te puedo llamar “blanco”, ¿por qué no me puedes llamar tú a mí, “negra”?. No puede ser que 400 años más tarde, estemos iguales.
Hay blancos que ponen el grito en el cielo si alguien dice “negro”. Hay otros que cuando dicen “negro”, rehúyen de mirarte a los ojos. Hay otros, que cuando “negro” se disculpan. Otros tartamudean con la palabra “negro” y acaban diciendo “negr...negr...morenos”. Incluso hay otros que ya rozan el freakismo, cuando yo misma digo “negro” y me instan a no decirlo. ¿Cuántas veces habré oído yo, lo de “no se dice “negra”. Se dice “gente de color””. Buf!

A nosotros nos da igual que nos llaméis “negros”. Bueno, a lo mejor no tendría que generalizar, porque no sé si a los otros negros, les importa o no. A lo mejor tienen “Complejo de Esclavo” y les importa. Pero a ciencias ciertas, a mis amigos (véase Marie, Soco, Joanna, Bio, Robert, Anna…) y a mí, nos da igual. Nosotros ya dejamos atrás aquellos traumas de hace tantos años. No tenemos Complejo de Esclavo. Y eso no quiere decir que hayamos olvidado todo lo que conllevó la “Traite Nègrière”, pero lo que no podemos hacer es rebozarnos, cual dedos en la arcilla líquida, en una Historia de tropelía y de pisoteo de derechos humanos básicos. Vale, que sería fácil sacar a relucir injusticias pasadas, y encima tendríamos razón, pero lo único que haríamos, sería incrementar nuestros complejos. También es verdad que algunos usan el término para ofender, pero ya se sabe, que hay que pasar del racismo.

Y si los negros intentamos superar el Complejo de Esclavo pero ya sería hora que los blanco superasen su Complejo de Blanco.

“Llámanos como te dé la gana, pero hazlo con propiedad y perfección. No dejes que yo entrevea en tus ojos, en tu voz o en tu actitud que tienes el Complejo de Blanco. Porque al fin y al cabo lo importante no es como llamamos a la gente sino como los vemos.
Mientras nuestras sombras sigan siendo del mismo color bajo el sol tórrido, no tengas Complejo de Blanco y llámame "negra".”

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martes, 1 de junio de 2010

LA ARITMÉTICA DE MENDEL.


La biología es una ciencia. Las ciencias son exactas. La biología es exacta. Y después de experimentos complejos, las teorías de Darwin y de Mendel siguen rigiendo la herencia genética de nuestras cronológicas vidas. Yo ya sabía de las leyes de Mendel, de sus porcentajes estadísticos y de su aritmética. Pero nunca me había parecido tan obvio como ahora. A lo mejor porque vivía en África...
Ya sé que las tres leyes de Mendel se basan, en una genética simple y pura pero no puedo evitar estresarme al pensar en la ley de la segregación: “Ciertos individuos son capaces de transmitir un carácter aunque en ellos no se manifieste”.

Mi primera criatura será una niña. Lo sé. Será más refinada que su padre, pero no tan maravillosa como su madre. Conclusión de Yaïvi basada en la Lógica de Darwin.
Pero dice Mendel, que si la tengo con un negro, pues que mi niña me saldrá negra por alelos y genes dominantes. Pero también dice que por caracteres opacados, que si la tengo con un blanco, pues que como buena heterocigótica, me puede salir o negra, o mulata, o blanca. Esta es la aritmética de Mendel.
De estas tres posibilidades, sin embargo, hay una que me aterra…
Ya sé que estas opciones no tienen veracidad exacta y que Mendel se basa más en otros carácteress hereditarios, que en un fenotipo como el color de la piel, pero se me hacen muy reales.
Yo no soy racista… Bueno… ¡vale! Hay blancos que me caen mal, y varios negros también, pero una de esas opciones me aterra. No es que me importe mucho el sexo, o que tenga miedo de que me salga fea (mientras tenga salero, me basta…). Pero es que esta en concreto, me aterra...

He visto una gran variedad de niños por esta ciudad. He visto familias con niños de todos tipos. Familias de blancos, con niños africanos, o chinos, o rusos…
La opción que me traumatiza, no es que sea horrenda. Sino que solamente me da cosa. Pues sí. Me da cosa que mi niña sea blanca.
En África, cuando coges un niño en brazos, la gente te dice: “Oh…parece tuyo”. Si mi niña fuera blanca, esto, nadie me lo diría. Una vez, hice de canguro a una niña blanca y al encontrarme con unos amigos, les dije, basándome en la aritmética de Mendel: “Es mía…” y se pusieron a reír. Yo les dije que según las leyes de la genética, que podía ser mía. Y ellos se reían aún más. Ahora la idea me parece absurda.

Si yo tuviera una hija negra o mestiza, todos se pensarán que es mía aunque sea adoptada. Pero si sale blanca, no. No es que me de cosa que se piensen que no es mía. Es que la gente se pensara que estoy haciendo de canguro a una niña blanca, aunque se trate de mi hija. Vivo con el miedo de que me salga blanca y que nadie se crea que sea mía. Cuando en público, yo diga: “¡Mirad! ¡Mi hija!.” Pues se mirarían unos a otros con ojos de “pobre loca”. Todos se pensarán que soy la canguro de mi propia hija. Cuando la paseé gozando de los placeres de madre, se pensarán que estoy trabajando. ¡Dios! Ya siento el peso de estos complejos futuros. Mendel dirá muchas cosas, Darwin demostrará muchas otras, pero ¿está la sociedad preparada para aceptar sus respetivas aritméticas? Yo no estoy preparada.

Es que estamos en un mundo en el que son los blancos quienes adoptan a los negros. Cualquier otra combinación no entra en nuestras percepciones o nos parece absurda. Pero es que con todos los movimientos migratorios, pues los fenotipos ya van cambiando y ya, cualquier opción es posible.

Ya sé que mi interpretación de las leyes de Gregor (véase Mendel) es muy opaca y muy poco probable, y aunque ya sé que hoy en día, hay muchas mezclas, pues me sigue aterrando la aritmética de Mendel.
Que agobio de futuro.
Bueno. ¡Vale! Que salga blanca, negra, naranja, amarilla o marrón o como le de la gana. Pero, ¡eso sí! Como me salga sosa... me muero.

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lunes, 26 de abril de 2010

YO PASO DEL RACISMO.


El racismo para mí, no es un sujeto de debate.
Ni un sujeto de presentación, ni tampoco algo sobre el que pensar más de lo normal. Gente cargante, engreída, ridícula y mema, hay en todos los países...
Cuando oigo amigos míos inmigrantes, hablando de desprecios racistas, me da pavor pensar en la larga discusión que se generara inútilmente sobre este tema. Yo no me paro a pensar si el acto ofensivo de alguien hacía mi persona, está movido por ideologías racistas o no. Y cuando alguna vez ha pasado de manera clara y concisa, sin lugar a dudas, pues tranquilamente, he seguido el curso de mis pensamientos, ignorando el engreído y ridículo a quien le molesta la gente por su raza. Si algo tan banal como el color de la piel, hace que alguien tenga prejuicios, pues mal va esta persona; Porque yo no me lo puedo cambiar, ni quiero. Con lo bien que me quedan los bikinis de print animal, y los colores fuertes, tanto en invierno como en verano… A parte de que viene de serie con un culo virtuoso, unas curvas marcadas, unos labios “efecto volumen” y unas cachas fuertes... al igual me lo cambio.

Una vez, por las ramblas, vi un reportero que entrevistaba a un hombre, en medio de una aglutinación de curiosos. El hombre, explicando su aventura como “hombre estatua”, decía: “...Toda la gente que pasaba, me miraba como un pobre africano, me miraban con pena, porque ven en mi la historia de los antiguos esclavos…”.
Y yo, movida por la furia “anti-lamentaciones baratas contra racismo nublado”, corté la entrevista en plan peliculero con un: “Pues yo no pienso así”. Me erguí como lo hacían las reinas en mi tierra, para decirle a aquel señor que veíamos en los ojos de los demás, lo que nos apetecía ver. Yo no pienso que nadie me mire con pena porque sea negra. Ni pienso que nadie me discrimine por “negra”. A lo mejor le caigo mal a esta persona y punto. Igual que a mí hay gente que me cae mal (¡Ay! Si yo confesara...). No pienso de antemano que me tratan mal porque no sea de aquí. Y si alguien me discriminase por esto, pues será que es un amargado. Y si veo que por la calle una chica que me mira mal, sólo pienso: “apártate z****”.
También le dije al “hombre estatua” que ya era hora de que nos dejáramos del victimismo esclavista, y para acabar le remate con un solemne: “si nosotros mismos no olvidamos, ¿quién lo hará?”. Y se quedó boqui-abierta por mi actitud de mocosa repelente. Estoy segura de que esto, se lo llega a decir un blanco y el hombre se lo toma mal.
Hay muchas cosas, que para los que ya no somos de ninguna parte, obviamente, nos costará conseguir. Hay cosas que nos costarán hasta que la sociedad se acostumbre a una mezcla multirracial. No nos ahoguemos en lamentaciones, cuando esto no nos hace avanzar. Si un banco no me da un crédito, pues será que tengo un grado elevado de riesgo, más que de azar. Y si alguien se piensa que los inmigrantes le quitamos el trabajo será que esta persona, no ha estudiado mucho en su vida o ha entrado en pocos armarios como este. Y así, todo.

A una amiga mía, un hombre en el metro, delante de blancos impasibles, mirando la escena con cara de mármol, le gritó: “¡Vete a tu país, inmigrante de m****! ¡Escoria!”. Y se le reiteró varias veces, gritándole a un palmo de la cara durante un largo rato. Mi amiga colombiana, como buena inmigrante que pasa del racismo, ni parpadeó.
Aún recuerdo las risas que nos echamos después, las dos, cada vez que pensábamos en la vena a punto de reventar de aquel hombre. Y yo le decía: “¡Dios, Claudia, qué bueno...! Por favor explícame otra vez lo de la vena…”. Qué risas.
¿Qué teníamos que hacer? ¿Pasarnos la media hora que nos vimos a rebasarnos en las palabras ofensivas de aquel hombre? ¿Disertar sobre la cantidad de racistas que hay por el mundo? ¿Pensar que los blancos no nos quieren por ser inmigrantes? Pues no.
Una vez alguien dijo: “Inmigrantes a la hoguera”. Pues con mis amigos, nos planteamos como seria aquella hoguera. Y me acuerdo como nos partíamos de risa, al imaginar la calentita hoguera en este día de invierno, con todos los inmigrantes bailando alrededor, cantando y saltando, dándolo todo, y disfrutando de la noche y del calor...

Hay muchos tipos de discriminación, que si el color de la piel, que si el acento en la voz, que si la manera de hablar, que si el color del pelo, que si la estatura… ¿Y yo me tengo que parar a pensar entre todos estos conceptos, cuál es el que ha molestado más al rancio que me está insultando? Paso. Peor para él.

Yo, del racismo paso. Y de los racistas, también.

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